Murió Ben Molar. Tenía 99 años. Fué uno de esos judíos, abundantes y activos en Argentina a partir de la década de 1950 y hasta 1980, nacidos en los primeros años del siglo. Muchos de ellos, especialmente en el ambiente artístico, modificaban sus verdaderos nombres. Molar se apellidaba Smolarchik, como Tato Bores era Borensztein. Siempre me pregunté por qué. La respuesta que me parece mejor es que todos tenían unas enormes ganas de circular en la sociedad argentina sin parecer extranjeros y percibían que los apellidos judíos provocaban una reacción interna de desagrado en los que los oían. En una escala menor sucedía lo mismo con los apellidos de origen italiano. En Argentina lo fino era tener un buen apellido vasco y si era posible, dos. Sonaban bien los que parecían franceses y también los ingleses. Los del incipiente rock nacional optaron muchas veces por nombres italianos mezclados con apellidos ingleses o viceversa, para evocar a los neoyorkinos famosos (Johnny ...