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Mostrando las entradas de mayo, 2016

¨YO SOY EL DE LOS CARAMELOS"

Subió al taxi en la estación Retiro. Se lo veía pobremente vestido, casi un indigente. Ni bien se sentó, antes de que yo pusiera a andar el reloj me preguntó cuánto costaría el viaje hasta el Hospital de Niños. Le dije la cantidad aproximada. -Vamos, entonces, por favor. Me respondió. Durante la marcha me dí cuenta enseguida que no conocía mucho de la ciudad. Miraba a un lado y a otro como queriendo retener en su memoria los edificios, las calles y las plazas. -Disculpe, me preguntó luego de algunos minutos. ¿Este recorrido lo hace algún colectivo? Es que voy a tener que venir seguido y el taxi me sale un poco caro. -Si, le contesté. Puede tomar el 92 que lo deja bien. -Ah. Gracias. Será mejor el colectivo la próxima vez. ¿Sabe? Tengo un hijo que está internado en hospital. Tenía ganas de contarme. Eso se notaba enseguida. Y comenzó a contarme que vivian en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, bastante lejos, y que venía para verlo. Mientras hablaba, sin...

DESDE PLAZA LAVALLE A PIÑEYRO IDA Y VUELTA

El viaje en taxi iba a ser bastante largo. Ida desde Plaza Lavalle hasta la desconocida localidad de Piñeyro, cruzando el Riachuelo. Hacía mucho calor y la mañana era extraordinariamente luminosa. Después de hacer la diligencia que me llevaba a ese barrio el plan era volver en el mismo taxi. Yo iba con la incomodidad de ánimo de salir en horas de trabajo. Aunque formaba parte de mi tarea ir a visitar a una persona mentalmente incapacitada en su casa, siempre me pasa que temo que conmigo fuera del juzgado nadie sea capaz de resolver nada y que a mi regreso se haya producido alguna hecatombe. Por supuesto que es una apreciación totalmente falsa. Nadie me necesita demasiado y soy fácilmente reemplazable. El taxi era espacioso, con aire acondicionado y limpio. Uno de esos Spin que me resultan tan cómodos. Su conductor tenía todo el formato físico de un negro africano. Labios gruesos, cráneo redondeado, nariz aplanada. Pero la piel era completamente blanca. Seguramente un mix genético...

LECHERO DE BARRACAS

Subo al taxi en la esquina de Finochietto y Perdriel. Es la primera mañana fresca de este otoño. Tenía turno muy temprano con el médico en el Hospital Británico y ya me estoy yendo para la zona de Tribunales, con ese espíritu optimista y esperanzado que genera un médico que te viera mucho menos jodido de lo que vos pensabas estar media hora antes. Es un Corsa, no muy nuevo, con un conductor de unos sesenta años. Después me enteraré de que cumplió 65 la semana pasada. Canoso pero con todo el pelo, hablar pausado y respetuoso. -Buen día. Hasta Libertad y Lavalle, por favor. -Como no. Disculpe ¿es del barrio? Digo de acá, de la zona. -No. Vine al hospital. Pero me gusta Barracas. Creo que es el barrio mas lindo de Buenos Aires. Calles anchas, casas bajas, bastantes parques. -A mi también, me dice mirándome por el espejo retrovisor con unos ojos sorprendemente azules. Yo me crié acá. Mi viejo guardaba el carro y los caballos en un corralón de aquí a la vuelta, por Baigorri....

CHANGUITO TUCUMANO

No se si los taxistas, de tanto repetir algunas historias las van mejorando con el tiempo, pero cada vez que uno me cuenta la suya me encanta oírlo. Hoy me tocó subir a un taxi conducido por un vejete de 73. Me dijo que quería retirarse y volverse a Tucumán, donde había nacido. Ni la mujer ni los hijos quieren oir nada sobre eso. “Quiero ir a los valles Calchaquíes” dijo. “Que lindo es Amaicha del Valle”, digo yo. El me mira por el espejo, emocionado. “Allí me crie”. Zas, la pegué con el lugar. Ahora el relato será imparable. “Ve este dedo? Es un recuerdo de infancia de Amaicha. Mi tio era comisario. Le molestaba que el viento golpeara puertas y ventanas y entrara tierra en la comisaría. Cuando se levantaba tierra los chicos nos asustábamos de que el pudiera enojarse y corríamos a cerrar las ventanas que eran así de gruesas, pesadas. Cerrando una de las ventanas me apreté el dedo y casi lo pierdo. Quedó medio así como lo ve”. No estaba tan mal ese dedo. Quizás er...

LA MUJER Y SU MUÑECA

LA MUJER Y LA MUÑECA Una niña abraza a su muñeca. Apenas balbucea, pero pide con su gesto que la mire y sus ojos se iluminan de cariño. Creo que es un varón porque su atuendo es un jardinerito a rayas celeste y blanco y lleva el pelo corto. La niña tiene unos ochenta años. No sé si ha vuelto a ser pequeña o nunca dejó de serlo. Ella no podrá explicármelo. Puedo imaginarla hace unos 78 años, aferrada también a una muñeca con sus manitos entonces rozagantes. Quizás un “Bebe Bili”, un malcriado “Cholito”, una “Gracielita” o la conocida “Marilú”. El tiempo transcurrido sólo ha servido para confirmar que ella es mujer. Siempre lo ha sido. Y es una prueba concluyente de que existen las personas que nacen mujeres y pueden vivir toda su vida, hasta el final, en su condición de mujeres. Cuando pequeñas son mujeres de poco tamaño. Luego niñas, adolescentes, jóvenes, maduras. Sólo se agregan años y agua bajo el puente, pero nada cambia en la esencia. Sólo el exterior se modifica. ...