Creo que fué en sexto grado. El último grado de la escuela primaria en 1963. Yo tendría unos trece o catorce años y se me había despertado una fuerte vocación religiosa. La vida de los sacerdotes del Colegio Don Bosco de Resistencia me parecía ideal. No recuerdo si fué porque comenté eso a alguno de los curas o en premio a alguna buena acción que uno de ellos me regaló un rosario. Era de cuentas de plástico, redondas. Cada misterio las tenía de un color diferente: verde, rosa, azul... y con una crucecita de metal plateado con el relieve de Jesucristo. Una de esas calurosas tardes de Resistencia me dormí a la hora de la siesta con el rosario en la mano seguramente intentando rezarlo. Me desperté de golpe con una sensación de quemazón. Abrí la mano y efectivamente tenía cuatro pequeñas ampollas en la palma de la mano, coincidentes con los extremos de la cruz del rosario. La cruz a su vez presentaba cuatro manchitas blancas en sus puntas, como si fueran florcitas. Un milag...