En los años sesenta del siglo pasado yo tendría unos diez años. Por ese entonces, todavía había patos.
No digo que ahora sea imposible encontrarlos en algún lugar pero ya nadie habla de ellos. Se fueron junto a la gomina, al aceite de castor, al Vick Vaporub y el Extracto de Blanco.
En aquellos años -ahora me doy cuenta- habían comenzado a evaporarse pero yo no lo sabía. Los chicos podíamos ver patos en alguna visita al campo. No era necesario ir muy lejos ni viajar muchas horas. El campo empezaba más cerca que ahora. Había pequeños campitos en los fondos de muchas casas con patos, gallinas, charcos.
Recuerdo mi asombro una vez que ví como patitos recién salidos del cascarón corrían detrás de la pata mamá hacia una lagunita. ¿Como sabían nadar si acababan de nacer?
Me tocó ver también la desesperación de una gallina a la que le habían puesto para incubar huevos de pata cuando vio a sus recién nacidos correr a meterse al agua, cacareando histérica sin poder comprender qué clase de locura estaban haciendo sus hijitos. Mi abuelo, que sabía todo, me dijo que yo estaba ante dos instintos: el de los patitos a meterse al agua y el de la gallina que veía eso como un peligro porque creía que eran pollitos. “Vos podés pensar. Ellos no y por eso siguen su instinto”.
No sé cuántos chicos de este momento tendrían la oportunidad de ver directamente esas cosas.
Un amigo mío que vivía en el edificio de al lado de la de mis primos Olvaarría en Bulnes 1968 recibió como regalo un patito de verdad. También en esa familia hubo una madre desesperada que era la de ese chico cuando el bicho emprezó a crecer y crecer y a cagar y cagar por todo el departamento, mientras él ya se había olvidado de su promesa del primer día de encargarse de cuidarlo.
Pero en realidad, fuera de estos pocos ejemplos no recuerdo que hubiera muchos patos de carne y pluma en la ciudad de Buenos Aires.
Sin embargo, sobrevivían en el imaginario y en el habla. Antes de desaparecer físicamente del todo seguían presentes en frases hechas y lugares comunes.
En la casona de la calle Bulnes, mis tías todavía no se habían dado cuenta de que ya nadie los veía. Recién ahora puedo saber que en los grandes siguen existiendo cosas que los de generaciones menores no conocen, porque a mí me sucede lo que a esas tías con el balero, la payana o el subiría que ningún chico sabe qué es.
Para ellas los patos seguían estando.
Un “pato” era -para esas tías- uno que estaba sin dinero. No un pobre permanente y de clase baja sino gente “bien” a la que se le había terminado el sueldo, que no había recibido el pago de algunos alquileres o la renta de un campo. La expresión indicaba por una parte que esa persona carecía de plata pero que no estaba definitivamente arruinado. Combinaba imposibilidad momentánea con esperanza de superar esa situación.
Mi tía Negra me dijo una vez “te debo el regalo porque estoy pata”.
Para ser pato había que pertenecer a una clase social. Clase formada por personas con apellidos generalmente españoles, vascos, franceses o ingleses, que aparecían en los nombres de las calles, plazas y ciudades. Como ellos, los Olavarría Cazón Gowland que trataban de vivir en el Barrio Norte, aunque tuvieran que conformarse con el departamento mas chiquito y oscuro, en el que no podían moverse por el tamaño descomunal de los muebles heredados. Eran venidos a menos pero que por sus relaciones de familia podían ir a golpear la puerta de algún ministerio y conseguir un puestito en la Caja de Ahorro Postal, el Banco Hipotecario, YPF, los tribunales.
Esa misma clase social que detestaba al peronismo pero que cuando pudo aprovechó las leyes que impedían los desalojos y congelaban el precio de los alquileres. Seguro que fué así que pudieron continuar viviendo en Bulnes hasta que según imagino sus dueños pudieron desalojarlos y la demolieron más por venganza hacia sus abusadores inquilinos que por necesidad.
En la calle Ugarteche al 3050 se hizo a principios del siglo XX un edificio de departamentos. Pronto fué llamado “Palacio de los Patos”, porque era una especie de lujo para esos pobretones de clase alta que estaban obligados a alquilar pero que no se resignaban a comprar en un barrio, prefiriendo pagar todos los meses para estar cerca de la “gente como uno”.
Pero no terminaba allí la mención de los patos en las charlas de mi infancia. Estaban los “Patos Viccas”. En su origen habían sido patos para comer. Era la marca de unos patos criados de tal manera que tenían, según la propaganda, pechugas enormes y muslos suculentos. Me imagino ahora que los alimentarían con algo que hoy estaría prohibido.
Hacia los años sesenta ya no se vendían en ningún mercado, y nadie comía pato, ni Viccas ni de los comunes. Se conservaba en la carta de los restaurantes el “pato a la naranja”, y hasta hubo una obra de teatro con ese nombre. Era un plato en declinación, caída que se consolidaría hasta la desaparición total que hoy se puede comprobar en cualquier menú.
“Pato Viccas” se había convertido de pato a muchacho musculoso. Mis tías lo usaban para ponderar un noviecito de su sobrina, o para referirse a algún varón joven y apetecible. Había un dejo peyorativo, como queriendo dar a entender que al así llamado no le veían otras condiciones, y que el desarrollo de la musculatura no se repetía en el cerebro.
Con el tiempo la palabra se transformó y actualmente se dice “patovicas” a los que controlan las puertas de los locales bailables como guardias de seguridad. Son los que eligen quién entra y quién no, ponen fin a discusiones y grescas, sacan a la calle a borrachos o drogados y, de cuando en cuando, hieren gravemente a alguno o lo matan.
No eran los únicos patos del lenguaje diario. Estaba por supuesto el “pato de la boda”, tradicional referencia a la víctima involuntaria de un festejo ajeno. Y también hacer “más cagadas que un pato criollo”, queriendo mencionar a un niño travieso, un deudor persistente o una chica de sí demasiado fácil.
Debo mencionar además los personajes de historieta como el Pato Donald, el Pato Lucas, el célebre cuento del Patito Feo que demuestran que los patos eran internacionales. Ahora casi ni siquiera aparecen en las historias infantiles. Creo que ninguno de los amigos de Peppa Pig es un pato.
Me parece que el último refugio de la palabra es el cariñosísimo “al agua pato”, con el que las madres siguen acompañando el gesto de meter a los niños al agua tibiecita para bañarlos.
¿Dónde quedaron los patos?
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