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SACRAMENTO

  La tarde era soleada, con una temperatura suave. El otoño es la mejor estación en Rio Cuarto. Aflojan los calores y sus habitantes se llenan de un optimismo reflexivo, puesto que no olvidan que en un par de meses comenzará el invierno que suele ser bastante frío para la tolerancia cordobesa.

Dina caminó al lado de Omar un buen rato, en silencio. Le costó encontrar una forma de comentar la noticia que acababan de recibir sin que sonara a reproche. Finalmente dijo:

-Es ya la segunda vez que no quedo embarazada. ¿Que será lo que sucede con nosotros? 

“El médico me dijo que todo funciona correctamente en mi cuerpo. Debe ser algo de Omar que está fallado” pensó aunque por clemencia agregara el “nosotros”.

-No lo sé querida -dijo Omar. 

“Que insistencia por tener un hijo”.

Continuaron sin disfrutar la hermosa tarde, subieron al auto estacionado cerca y volvieron a Alcira, su pueblo.

A la noche habían acordado ir a la casa de un matrimonio amigo  -Aurora y Aníbal- a comer. Dina no estaba de buen ánimo. Se sentía frustrada, poco mujer, resentida con las que tienen hijos sin siquiera pensarlo o planearlo, como era el caso de los dos con los que saldrían esa noche.

-¿Estuvieron por Río Cuarto? -preguntó el imprudente Aníbal, pese a que su mujer le había advertido para qué iban y que no sacara el tema si ellos mismos no lo mencionaban. Se ligó una mirada de su mujer que le hizo tanta mella como cualquier otra que proviniera de esa señora.

-Parece que no seremos padres por ahora -respondió Omar.

Las dos mujeres intercambiaron miradas que prometían una conversación privada.

Los varones entendieron cómo venía la situación y cambiaron de tema hacia los que siempre están a mano en los pueblos: si va a llover o no, si falta o sobra agua, el precio de la hacienda.

Una vez que terminaron de comer las dos mujeres llevaron todas las cosas de la mesa a la cocina. Los hombres -no acostumbrados a colaborar- se sentaron frente al televisor de la sala y se pusieron a fumar.

-¿Querés contarme? -dijo Aurora, que se había adjudicado la tarea de lavar los platos, en compensación por la preparación de la comida que había hecho Dina.

-No hay mucho que contar. Estamos haciendo muchos esfuerzos, nos piden estudios pero no quedo nunca embarazada. Te envidio a vos que te ponés gruesa cuando Aníbal te mira.

-Si es por eso... Aníbal hace rato que no me mira. Pero dejemos lo mío. ¿Te dicen algo? ¿Tendrá remedio?

-Me dicen que todo está bien conmigo. Pero no sé con Omar. El es muy reservado. Apenas cumple con tener relaciones cuando yo le digo que es el día mejor. Pero no le pone mucho entusiasmo. A lo mejor es eso lo que no está ayudando. Y me cuesta muchísimo llevarlo al instituto de Rio Cuarto. Parece que no quisiera ser padre, formar una verdadera familia.

-Tenele paciencia -dijo Aurora- para los hombres estos trámites son una tortura. Son flojos, les da vergüenza. Ojalá que todo ande bien. Dicen que la ansiedad y los nervios no ayudan.

Terminó de lavar los platos. Dina los acomodó y volvieron a donde estaban los hombres que continuaron sin apartar la mirada del partido de fútbol que daban en la televisión.

Dos o tres días más tarde suena el teléfono en la casa de Dina y Omar. A esa hora de la tarde Dina solía ver por televisión una novela venezolana llena de amores, traiciones, hijos que en realidad son de otro, patrones autoritarios que seducen mucamas, políticos corruptos que dentro de la familia son sojuzgados por sus esposas y cosas así.

-¿Hola? dijo Dina.

-No me conocés -dijo una voz de mujer. Yo me acuesto con tu marido. 

-Pero ¿quién sos?

-Es suficiente que me conozcas como la que coge con tu marido. Soltalo. Dejalo que se vaya.

-No me llames más. No te voy a atender dijo nerviosísima Dina. El clima de culebrón parecía que se hubiera hecho realidad en su propia vida.

A la noche enfrentó a su marido. Le contó de la llamada.

-No hagas caso -dijo Omar. Alguien que quiere hacerte una broma o peor: que quiere perjudicarme. Hay mucha envidia en este pueblo. Todos saben que me está yendo bien en el campo. Pasan al lado de la soja y se mueren de celos. Es la mejor de la zona. 

-¿Pero vos no tendrás una aventura?

-No. Te lo juro, dijo Omar cruzando los dedos sobre la boca cerrada.

Dina quiso creerle, como otras veces antes. 

Era conocido públicamente que Omar tenía una o varias mujeres por ahí. Alguna en el mismo pueblo, otra en una ciudad cercana. Algún rumor había llegado a Dina que siempre se inclinó por negarlo, bastándole la negativa de su marido para quedarse conforme.

El llamado se fué repitiendo durante mucho tiempo. Se convirtió en una costumbre de las tardes, como la novela de la televisión.

Omar siguió sin mostrar mayor interés por tener relaciones sexuales con su mujer y con distintas excusas fué dilatando hacerse los estudios y tratamientos que ella proponía para poder tener un hijo.

Una mañana llamaron a la puerta. Abrió Dina. Era una mujer bastante buena moza, vestida un poco a la moda de la capital.

-Hola. Soy Angela. Con mi marido y los chicos nos mudamos a Alcira la semana pasada y quería presentarme -dijo. Traía en la mano un plato tapado con un repasador.

-Pasá, pasá. Yo soy Dina. Mucho gusto. Justo estaba preparando café. Entrá así nos conocemos mejor.

Desde ese entonces Angela y su marido se unieron a las reuniones de los matrimonios con Aurora y Aníbal. Las tres mujeres entraron rápidamente en confianza y los varones también.


No pasó demasiado tiempo hasta que Angela se enterara por alguna vecina de lo que sucedía con Omar.

En una de esas idas de la casa de una a la de la otra le preguntó a Aurora:

-¿Vos sabés que Omar se está acostando desde hace rato con otra mujer?

-Si. Algo de eso oí.

-¿No te parece que es tu obligación decírselo?

Aurora sintió que la pregunta de Angela no era enteramente de buena fe y que no obedecía tanto a la intención de ayudar a una amiga como de acorralarla.

-Yo tengo la política de no meterme en los matrimonios ajenos. Nunca se sabe qué es lo que pasa adentro, qué interés tiene cualquiera de ellos de saber la verdad sobre el otro y en qué momento tu empeño de colaborar puede hacerte perder una amiga. Además, -dijo con ganas de devolverle el golpe- vos ya tenés la suficiente confianza como para hablar con ella y contarle lo que sabés.

-Puede ser. Seguro que en algún momento voy a encontrar la forma de decírselo, dijo Angela sin convicción.

Después de varias reuniones para comer, Angela se dió cuenta de que Dina era excelente cocinera. Le propuso que se asociaran para poner una casa de comidas. En Alcira no había ninguna de manera que pensaba que tendrían éxito.

Dina aceptó. No solamente era una buena oportunidad de ganar un poco de dinero propio y dejar de sentir siempre dependencia de Omar sino también de hacer algo con su tiempo. La vida de pueblo era monótona, chata, aburrida, con sólo dos temas de conversación: el clima y la vida ajena.

Usaron la cocina de Dina y de a poco las socias fueron eligiendo la parte del negocio que más les gustaba o para la que tenían más vocación. Dina a cocinar y Angela a vender, cobrar, pagar a los proveedores y atender los pedidos.

Llegado el momento abrieron una cuenta en el Banco de Córdoba a nombre de las dos.

Durante casi un año les fué muy bien. Parecía no haber demasiadas utilidades para repartir porque -según Angela que manejaba las cuentas- estaban invirtiendo en más mercadería y otras cosas para prosperar y poder abrir un local con mesas al público.

Dina no necesitaba con la misma intensidad el dinero que el trabajo, de manera que no le preocupaba.

Seguía recibiendo de tanto en tanto los llamados telefónicos de la otra. Como ahora ella se sentía más fuerte e importante con su negocio le respondía severamente y se convencía de que todo era por celos de su marido o de ella.

El hermano de Omar, que trabajaba en el banco, advirtió que Angela hacía cheques y sacaba dinero que no tenía proporción con lo que tendría que ser el giro normal del negocio. Se lo dijo a Dina.

Ella, creyendo que con la  presencia de Omar la conversación  no se le iría de las manos, le dijo a Angela que quería tener una reunión. Eligió una hora tranquila, antes de que empezaran los pedidos de comida y le pidió a Omar que estuviera presente.

-Angela, me enteré de que está faltando dinero de nuestra cuenta del banco -dijo Dina.

Angela escuchó tranquila. Miró a Omar y dijo:

-Es verdad, es porque necesito el dinero. Estoy haciendo un ahorro porque me tengo que mudar del pueblo.

-¿Por qué no me dijiste? Eso es robar. Seguro que yo te podría haber entendido. ¿Y nuestro emprendimiento? ¿En qué queda?

-Esto tendrás que seguirlo sola si querés. Y lo vas a necesitar, porque yo me voy del pueblo con Omar. Hace más de un año que somos pareja y queremos irnos los dos solos. Nos amamos

-Dina miró desesperada a su marido.

-Me parece que no me entendiste Angela, dijo Omar. Yo me acuesto con vos. No soy tu pareja. Es sexo, no amor. Estoy casado con Dina. Somos matrimonio. Y si te querés ir del pueblo andate sola, con tu marido o con quien quieras. Y devolvele la plata a Dina, por favor.

Angela se levantó, dijo a Mario “hijo de puta” y a Dina “cornuda” y salió de la casa.

Una semana después Angela, su marido y los hijos se iban para siempre del pueblo, junto con los ahorros de Dina.

-¿Es verdad lo que dice Angela? Preguntó Dina.

-Te pido perdón querida. Vos sos mi verdadera mujer. Esto fué algo pasajero. Yo me sentía muy solo y triste porque no podés tener hijos. Te aseguro que nunca la quise. Mi corazón es solamente para vos. No me olvido de la promesa que te hice en el altar.

Dina se sintió muy conmovida. Se abrazaron y esa noche tuvo otra oportunidad de quedar embarazada.

La mudanza imprevista de Angela y su marido fué motivo de conversación y rumores en todo el pueblo. No se hablaba de otra cosa, con toda malicia, agregándose minuto a minuto condimentos que la hacían de gusto más fuerte para los chismes.

Dina y Omar continuaron con su vida anterior. Ella siguió con la venta de comida que se le hizo muy difícil de afrontar sin la ayuda de otro. Le pidió a Omar que la ayudara un poco y el le dijo:

-Querida, esta es cosa de mujeres. Yo respeto los roles de cada uno. Vos sabés que me paso todo el día en el campo y llego muy cansado. ¿No habrá alguna señora que pueda ayudarte de esas que conocés de la parroquia?

-Si, tenés razón Omar. Disculpame. Como siempre me ayudas a pensar. Voy a ver si encuentro a alguien.

No encontró a nadie que quisiera compartir el negocio con ella y de a poco lo fué descuidando hasta que tuvo que cerrarlo.

Una tarde se anuncia para visitarla una parienta lejana que vivía en el campo. 

-Quería visitarte hace tiempo por todo lo que te pasó. Me enteré de lo de Angela y tu marido y me pareció que estarías muy triste, sobre todo porque vos no tenés hijos y Omar tiene uno con otra mujer, dijo.

-¿Qué? No puede ser. ¿Con Angela?. Yo no se nada. Es mentira -dijo Dina.

La mujer contó que Omar tenía desde hacía muchos años una mujer en un pueblo cercano a su campo y que con ella habían tenido un hijo, Federico, que andaba por los cuatro o cinco años.

Los viajes de Omar en realidad eran siempre para estar con esa mujer, atender a su hijo. En el otro pueblo los daban por matrimonio.

-Esa es la que me llama por teléfono -dijo Dina. 

-¿Quien?

-Hace varios años que me llama una mujer para decirme que se acuesta con mi marido. Ahora entiendo por qué. Lo que quiere es que nos separemos y no consigue que sea él el que termine con nuestro matrimonio. No le voy a dar el gusto.

Dina contó a su amiga Aurora lo que ya era inevitable que se diera por enterada. Aurora le dijo que ella ya sabía todo, que era moneda corriente en el pueblo y que no había querido mortificarla porque pensaba que en realidad Dina quería aparentar desconocimiento y ella respetaba eso.

Dina creyó a su vez que era obligatorio distanciarse de Aurora y desde allí en adelante durante años la evitó. Los matrimonios nunca más se encontraron, aunque Omar y Aníbal seguian reuniéndose en casa de otros amigos, sin que ninguno de los dos sintiera motivos para estar molesto con el otro. Son cosas de mujeres, pensaban los dos.

Con el reconocimiento de la situación, Omar le preguntó a Dina si quería conocer a Federico. Ella aceptó. La madre de Federico, que lo había tenido sin demasiada vocación por la maternidad estuvo de acuerdo en que alguien pudiera aliviarla de su cuidado. La única condición que puso fué que no le dijeran al niño que su papá y esa señora estaban casados.

A partir de ese entonces, durante varios años los fines de semana Federico lo pasaba en la casa de la “tía Dina”. Dina nunca alcanzó a quererlo pero se ocupaba de él correctamente, como si fuese una niñera o algo semejante.

Cuando hubo de comenzar la educación secundaria, Omar y la madre de Federico acordaron en poner al chico a estudiar en una escuela con orientación rural que estaba a la salida del pueblo de Alcira.

Federico entonces se mudó definitivamente a la casa de Dina y Omar y a su tiempo también supo que ellos dos estaban casados, que su madre era soltera. No le importó demasiado.

Omar enfermó de Parkinson. Poco a poco fué perdiendo movilidad, lucidez y autonomía. 

Ahora está postrado. Hay que darle de comer en la boca, cambiarle pañales. Depende por completo de Dina. Ya no puede dejarla ni quebrar el matrimonio.

Se alternan para cuidarlo Dina y Federico.

Dina hace rato que no lo llama Omar. Cuando nadie la oye le dice hijo de puta, suavemente y al oído. 

En el pueblo es una señora. La esposa de Omar.


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