Dedicarse a matar a otros ha sido casi siempre una tarea de baja reputación social.
La actividad no aporta esos antecedentes que suelen incluirse en un curriculum vitae. La carrera como asesino genera en amigos y familiares interés pero escasa admiración.
Pocos empleadores suele haber dispuestos a reclutar laboralmente a alguien por la habilidad o aptitud para eliminar semejantes, aunque desde luego que los hay.
Pero los que matan como medio de vida no escapan al general deseo de gratificación, no dejan de sentir la humana necesidad de reconocimiento por la faena bien ejecutada.
En ausencia de gestos o palabras de estímulo y gratitud de los demás, la soledad del que gana su sustento diario de ese modo hace necesaria la búsqueda autónoma de justificación, argumentos para levantarse a sí mismo la moral y darse ánimos para continuar en la senda elegida.
El asesino está obligado a generar su propio elogio.
Algunos se enorgullecen de su eficiencia, de poder hacer su trabajo con rapidez y poco dolor. Otros, en su aptitud para eludir el castigo y la pena, en la búsqueda del crimen perfecto.
Pero el máximo esfuerzo, el que todos los de esa clase comparten, es el que dedican a conseguir legalidad. Si el asesino consigue que matar sea legal, no solamente ya no debe preocuparse de ser perseguido sino que hasta puede llegar a evitar con éxito el reproche individual o social.
Todavía hay un estadío superior al de la legalidad y es el de conseguir que su retribución no sea en dinero oscuro y poco confesable, sino completamente límpido y preferentemente proveniente de toda la comunidad, representada por el Estado. De la mano de esta forma de cobrar viene una situación impositiva correcta, la posibilidad de dar recibo legal, de conseguir una jubilación cuando se retire.
Quizás los primeros años no podrá jactarse de sus hazañas frente a los nietos, pero nadie sabe... con el tiempo se podrá conseguir.
Por lo menos si se legaliza su conducta logrará que también legalmente sean silenciados los que están en contra de su faena. Podrá demandar por daño moral y conseguir indemnizaciones alegando injurias.
El debate para legalizar el aborto es un debate que interesa principalmente a estos homicidas, buscando no solamente sentir cierto reconocimiento legal a lo que íntimamente saben que no es bueno, sino cerrar las molestas críticas de los que pudieran echarle en cara su tarea, convirtiéndolos a esos críticos en ilegales al tiempo que legalizan su sangrante manera de ganar dinero.
De paso, si es posible, conseguir sueldo, empleo, vacaciones, beneficios sociales y jubilación por hacer esto.
Una cuestión de prestigio y lucro en el negocio.
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