Llego al oscurecido parque en el que se alza la capilla solitaria. Los invitados han venido hasta allí recorriendo los largos pasillos del hospital, mojándose un poco con la lluvia. Entro. Ya están ocupados todos los bancos y consigo un lugarcito de pie, al fondo. Los rezagados tendrán que seguir la ceremonia desde afuera, bajo el techo del pequeño atrio. Son las siete de la tarde en un antiguo hospital de la ciudad de Buenos Aires. Construido a principios del siglo XX con el modelo francés de pabellones de dos o tres pisos, separados entre si y conectados por largos corredores techados y aventanados. Con un parque central y en ese jardín una capilla pequeña, para unas sesenta personas, dedicada según creo a San Sebastián o a algún otro mártir cuyo recuerdo, por comparación, alivie las penurias de los enfermos. “La verdad, yo estoy bastante mejor con mi próstata que vos con tus flechazos” podría musitar alguno. Los hospitales de Buenos Aires son un conjunto de construcciones de...