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EL PERRO AMARILLO



Quizás fué con el sentimiento que me produjo la muerte de Manuel García Ferré y la asunción del papa Francisco que salí a caminar por el cantri. Quiero escribirlo así, como lo hace Milagro Sala y no decir “club de campo” como haría un rebuscado español con esa manía chauvinista que tienen de forzar las palabras de otro idioma y trocarlas en una del propio que no significa exactamente lo mismo. Definitivamente un jogging es un jogging y no un “chándal” y un sweater se dice de ese modo y no el ridículo “jersey”. Son años y años de nacionalismo franquista, que les ha impedido a varias generaciones oír otras lenguas en el cine y en la televisión, embruteciéndolos aún mas si se pudiera. Tan colonizados quedaron todos por esa estupidez que ni siquiera al volver la democracia se animaron a dejar los idiomas nativos de la península. En lugar de abrirse al mundo se cerraron mas y quisieron imponerse entre todos los idiomas que ya casi nadie usaba. El eskera, el galego, el catalán. En su absurdidez decidieron machacar esas lenguas a presión en los carteles indicadores de las rutas. Así, ahora desde Madrid la autopista no va a La Coruña sino “A Coruña”, Vitoria no es solo eso sino “Vitoria-Gasteiz”. Todo confundido, mezclado, arcaico, en desuso. El que viaja por el camino no sabe si va a una ciudad, a otra, a dos.
Vuelvo al cantri. Decidí ir por unas calles que no uso habitualmente porque no me entran, por su diseño curvado, en el cerebro ortogonal y me impiden saber con certeza si voy hacia el oeste, hacia el sur o hacia todos los puntos a la vez. Eso me confunde, como si tuviera que ir a Vitoria y terminara en Gasteiz. No puedo sustraerme al encanto de las perpendiculares, de las paralelas, de los ángulos de noventa grados que, casualmente, trajeron a esta América los españoles para imponerlos en todas las ciudades. Quizás para ellos fué una reacción de horror hacia las ciudades medievales hechas en forma de caracol en las que caminando derecho se regresa seimpre al punto de partida. En una de esas buscaron una revancha en esta tierra sin diseño alguno, asegurándose de que los caminos y calles llevaran definitivamente al lugar opuesto al de la salida, matando el infierno del Dante y dando vida al camino definitivo al Paraíso que siempre está mas allá.
Pero no volví al cantri. No se qué es lo que hoy me aleja una y otra vez del lugar en el que efectivamente estoy.
Y ese lugar es algún tramo de esa calle curva y sinuosa, y yo caminando para tratar de hacer al menos una hora de ejercicio, bajar un poco el colesterol y el azúcar incorporados ayer o dejar espacio para los que ingresarán hoy en mi organismo.
El papa Francisco y García Ferré me rondan en la cabeza. Casi son, por momentos, la misma persona. Ambos comparten un mensaje que entiendo muy bien, como en los sueños, pero que carece de palabras. Lo único que me desespera un poco de este mensaje es que al no tener vocablos no puedo trasmitirlo a nadie.
Paso por el frente de una casa, excesiva como todas las de este lugar, infantiles como casi cada una, dignas de cierta comprensión compasiva hacia sus dueños. Pobres, han trabajado toda su vida y jodido a unos cuantos para tener ese balconcito con aires mediterráneos, o aquella veleta con forma de carromato. 
Sale no se de donde un enorme perro amarillento, de esas razas que ahora están de moda (¿dónde estarán los ovejeros alemanes, los boxers de nuestra infancia’). Creo que la raza se llama... Bueno, no me acuerdo como se llama pero insisto, es de esos buenos, que cuidan a los niños y que no usan sus grandes bocas y tamaño para agredir a nadie.
No obstante eso me siento un poquito intranquilo. La relación de fuerzas lo favorece definitivamente a él. De modo que si no me muerde es porque no quiere, no porque no pueda sacarme un pedazo de un tarascón. Me siento ligeramente mas humillado que ante un caniche toy, con quien el que concede soy yo.
Sigo mi camino sin mirarlo.
El va por delante y me espera, a veces hace una breve disgresión para visitar un arbusto.
En otras ocasiones se queda detrás mío y comprueba si lo espero.
Yo no lo hago y prosigo simulando indiferencia, sin mirarlo. No respondo a ninguno de sus vistazos, a pesar de que ya llevamos mas de un kilómetro juntos, compartiendo el camino. El pretendiendo que yo soy su amo y yo negando el concepto con mi indiferencia.
Hace de todo para llamar la atención. Se baña ruidosamente en cuanto charco encuentra, sacudiéndose el agua a cierta distancia como para que apenas me lleguen unas gotitas que me hagan saber educadamente su reclamo de afecto.
Como se da cuenta que nada funciona conmigo, aumenta la apuesta. Aparece con una inmensa piedra en sus fauces. Tan pesada que sería difícil levantarla con las manos. El hace el esfuerzo, camina para acá y para allá para que no pueda dejar de verla y cuando cree logrado ese objetivo se adelanta y la deposita en mi camino.
Algo tendría que decirle algún ser humano normal. Una palabra, una palmada al menos.
Rodeo la piedra y sigo, sin mirarlo.
Repite la gracia un poco mas adelante y como no ve reacción alguna en mi, en ese amo de fantasía que él eligió y que aunque no le lleve el apunte no le hace perder las esperanzas y el entusiasmo, abandona por fin el pedrusco.
Intenta ahora otro paso. Encuentra un enorme tubo en una zanja llena de agua, de esos que sirven para pasar por encima a modo de puentes. Casi no cabe pero se mete allí y arrastrándose entre el agua lo recorre de punta a punta. Sale todo embarrado y me mira.
Si esto no es una de las formas de amor, no se que es.
Semejante a la del viajero que debe compartir en un ómnibus de larga distancia una noche entera sentado al largo de una hermosa mujer. Ella se mueve un poco, se arropa, se duerme bañada por la suave luz azul que queda cuando es hora de dormir. El compañero de asiento ¡Está durmiendo junto a esa mujer! Puede sentir su aroma, inventar alguna historia hipotética basado en su edad, la ropa que usa, sus zapatos, el pueblo en el que subió al ómnibus.
El pasajero es como el perro amarillo. Puede imaginar que ama a esa mujer, que ese breve movimiento de su brazo es una señal de que ella le corresponde. Todavía no oyó el tono de su voz y quizás no se de nunca la oportunidad. Quizás no haga falta.

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