Ir al contenido principal

CHARCAS Y ANCHORENA


Me veo con ocho años -era 1958 ó 1959- caminando por esa vereda de Anchorena o por la de enfrente. Había un almacén en el que podíamos comprar de vez en cuando yogures, que nos encantaban. Casi llegando a Charcas por la vereda impar había un edificio entero de varios pisos, con frente de ladrillos, en el que, según se decía, vivían todos funcionarios y empleados rusos de la embajada y empresas rusas. Era una cosa misteriosa en aquellos tiempos en que Rusia era un lugar misterioso, al que no se podía viajar, lleno de espías y personificación de todos los males. Esto a pesar de que sorprendían al mundo mandando el primer satélite alrededor de la tierra y luego de la Luna, al primer hombre, a la perra Laika y mas adelante a la primera mujer.
Todo era norteamericano. Eso era lo bueno, lo moderno, la patria de la Coca Cola, de los autos grandes, de las cocinas inmensas, del hula-hula, del chicle Bazooka y Plop, los ganadores de guerras con aspecto de campesinos distendidos. Recuerdo que había salido una marca de camisa (de las tipo hawaianas, que se usaban fuera del pantalón y llenas de colores), cuyo slogan era “La camisa que se USA en USA”. Un buen porteño había alterado un poco el cartel agregándole sólo dos letras de modo que quedaba “La camisa que se USA en RUSIA”. Cuando lo leí entendí enseguida la ironía, llena de connotaciones de actualidad.
Era la época de las revistas mejicanas. La Pequeña Lulú era mi favorita. Había un montón con temas del lejano oeste norteamericano: Gene Autry, El Llanero Solitario o el Cisco Kid. Yo soñaba con platos voladores, con las futuras estaciones espaciales, Con mi primo Rafa Olavarría hicimos a mano carteles alusivos al Sputnik I con un dibujo de un satélite (esa especie de pelota con antenas) y el nombre: Ola-Ola en honor a nosotros mismos. Los pegamos en las paredes de las casas del barrio y uno de ellos sobrevivió bastante tiempo antes de despegarse.
Un juego de esos años era el bulón. Se compraba en la ferretería un bulón con la tuerca algo floja. En la farmacia se pedían unos comprimidos de clorato de potasio. Se molían y el polvito se ponía entre el bulón y la tuerca, que se enroscaba. Luego se tiraba con fuerza hacia el piso y producía una fuerte explosión.
Otra diversión era poner monedas en la vía del tranvía, y ver como quedaban estiradas después de que éste pasara por encima.
Justo enfrente de donde tiene ahora su casa Carolina había un edificio en construcción. Uno de los que ahora parecen viejos y seguramente lo son.
Estaba la obra mas o menos a la altura de la planta baja, en el momento de hacer el pozo y había una grúa. Eran unos cacharros que simplemente servían para izar una especie de carretilla con la tierra que sacaban los obreros a pico y pala. Un camión de culata esperaba, y el recipiente se inclinaba manualmente para que la tierra cayera en la caja. Eran eléctricas. Un día pude entrar por una rendija de la valla de madera (creo que Leo vino conmigo). Me subí a la grúa y logré hacerla funcionar un poco. No recuerdo los detalles.
En la esquina de Anchorena y Santa Fe había una confitería que se llamaba Los Chinitos, en la que hacían unas deliciosas empanadas de carne al horno. Y cerca de la entrada del edificio de Caro estaba una boite, para nosotros un misterioso lugar nocturno en el que no sabíamos bien qué sucedía. Tenía un cartel luminoso con propaganda del whisky Vat 69 y se llamaba “Mi Casita”.
En la esquina de Charcas y Anchorena, por la cuadra de la comisaría 19 había un almacén y bar. Nona me mandaba a comprar allí mortadela, cortada en la máquina manual con la gran rueda de metal giratoria, cubitos de sopa Wilde (los únicos cubitos de sopa que eran realmente cúbicos), fideos o galletitas, pesados sueltos y envueltos en una hoja de papel que se doblaba y se le hacía un repulge, como las empanadas, ya que no había bolsas de plástico ni de papel.
Un poco mas hacia Ecuador hay una cortada. A lo largo de esa calle y también por Charcas se sucedían los conventillos. Casas de uno o dos pisos, con escaleras de madera temblequeantes, de habitaciones que daban a largos corredores interiores, alquiladas a distintas familias. Los baños y lavaderos de ropa eran comunes. En esos impecables pasillos se veían muchísimas plantas. Malvones, geranios, algún pothus, en improvisadas macetas hechas con ollas en desuso, latas de aceite o de dulce de batata. Varias veces fuí allí a visitar a algún compañero de colegio y recuerdo las madres de ese entonces. Rollizas, con delantal para secarse las manos entre una y otra tarea, en un ambiente siempre húmedo por el vapor de alguna delicia que se estaba cocinando, o de la ropa terminándose de secar. Muchas veces con la mesa convertida en tabla de planchar con una frazada encima y alguna sábana vieja con lamparones por haber dejado apoyada la plancha de carbón o de querosen. La plancha eléctrica Atma o Westinghouse era un artículo de lujo para los dueños de departamentos. La de carbón funcionaba muy bien. Se ponían unas brasas dentro y cuando se enfriaba se balanceaba con el brazo de uno a otro lado para avivar el fuego.
Por supuesto que había viejos y viejas, algún chico enfermo o tullido o tuerto y los padres no existían. Estaban trabajando o en el bar con los amigos. Las madres comandaban todo. Eran aliadas de las maestras y la vida de los niños estaba regida por horarios, consignas, mandatos. Nadie preguntaba a un niño que quería, salvo para su cumpleaños o cuando caía enfermo.
En esos conventillos se organizaba un par de murgas para los corsos de la Boca o de la avenida Santa Fe. Ensayaban casi todo el año sus bailes y músicas. Cosían sus disfraces brillantes de colores. Pegaban espejitos a los sombreros tipo rancho y constantemente se oía el murmullo de los tambores practicando. Los nombres eran mas o menos así: “Los sensibles de Ecuador”, “Agarrate Catalina”, “Por cuatro días locos”, “Los niños bien”.
Era también la época de la rotisería a leña. Enormes aparatos en los que giraban pollos, costillares, matambres, dorándose al fuego de la leña. Era una delicia (y una envidia) pasar cerca en los helados días de invierno para recibir un poco de ese calorcito acompañado de un aroma que soltaba todos los jugos digestivos. Nona me decía que le parecía obsceno que permitieran una tentación así cuando había tanta gente pobre que no podía comer ese día y tenía que pasar de largo. De hecho nosotros estábamos entre esos. Creo que solamente una vez ella nos pudo comprar algo de la rotisería. Te lo ponían en una bandeja de cartón, lo cubrían con papel manteca, lo ataban con hilo blanco y en el nudo le ponían un cilindrito de madera con el nombre de la rotisería, para que pudieras llevarlo colgando.
Por Santa Fe, casi llegando a Pueyrredón, en la vereda impar estaba el cine Palais Blue. Angosto, solamente se podía acceder a las butacas por los costados. Tenía un techo corredizo. En verano, después de soportar el intenso calor que los ventiladores de las paredes poco podían atenuar, de pronto se oían crujidos y un deslizamiento que permitía de pronto ver las estrellas. Debajo de ese techo era lugar codiciado, menos en los días nublados ya que si llovía había que aguantarse un rato hasta que volvieran a correrlo.
Las funciones empezaban a eso de la una de la tarde. La entrada valía un peso. Comenzaban avisos como los de la televisión. Guillermo Brizuela Méndez promocionaba a la sastrería Braudo (“La del traje con dos pantalones”) a Thompson y Williams o Casa Muñoz (“donde un peso vale dos”) o quizás a la Sastrería Vega (“Bien de hombre, bien de Vega”). Alguien hablaba del Flan Ravana (“Si se mueve...es flan Ravana”).
Luego venía un noticiero, generalmente Sucesos Argentinos, o NO-DO de España. Y una “serie” que era un capítulo de una serie que continuaba semana a semana. Las mas de las veces de vaqueros e indios. Terminado esto se encendían las luces. El caramelero ofrecía turron Namur, helados Noel o Laponia, maní con chocolate. Nada de esto estaba a mi alcance y era mucho mas caro que afuera del cine.
Seguidamente, una película. Podía ser en colores o en blanco y negro, pero no era nueva sino de una temporada anterior. Y a continuación, la película que todos esperaban ver: “La Mancha Voraz”, “Frankestein”, “Rose Marie”, “Maracaibo”, “Las Minas del Rey Salomón”, “El Profesor Chiflado”. Al cabo de seis horas o mas en el cine salías casi paralítico, en plena noche, con los ojos haciéndote chispas y desorientado. Llegabas a tu casa después de haber vivido en interiores perfectos, en palacios o castillos y te encontrabas con un ambiente deprimente, mal amoblado que te terminaba de demostrar que la gloria estaba en Norteamérica y no acá.
También en esos últimos años de la década del cincuenta apareció el disco “long play” estereofónico. Las casas tenían heladeras, licuadoras y ahora “Combinados”, un mueble de madera lustrada que incluía un tocadiscos y una radio, generalmente con AM y muchas frecuencias de onda corta con la que se podían escuchar radios de otros países lejanos... y en la que en la práctica no se oía mas que zumbidos y voces que aumentaban y disminuian su volumen bajo la lluvia. En el tocadiscos se podían oír los últimos éxitos: “Di Blu Dipinto de Blu, felice de stare la´su” por Domenico Modugno, “Balada Triste de Trompeta” por Estela Raval y los Cinco Latinos, “Only You” por Los Plateros, “Fumando Espero” por Argentino Ledesma. Hacía furor Elvis Presley y se estaba abriendo una época gloriosa para el folklore argentino con Los Chalchaleros y, por ejemplo La Nochera, o Salamanca.
Así como hoy se vive pegado al celular, en ese tiempo la oreja estaba adherida a la radio. Como todavía no habían aparecido las portátiles de transistor a pila, había que estar cerca del enchufe. O los mas pudientes, en el auto. A la mañana Amanecer Argentino, con noticias del tiempo, y un poquito de policiales y política. Nadie hablaba del tránsito porque el auto era cosa de pocos y el transporte público funcionaba bien. Baste recordar que esos trenes que hoy no frenan fueron comprados ese año a la empresa Toshiba de Japón. Gobernaba Arturo Frondizi y tenía un gran apoyo de los que hoy se llamarían medios, el diario Clarín y La Nación. Un poco menos de La Prensa que desconfiaba de que era un peronista oculto. Su ministro de economía era Alvaro Alsogaray, que había invitado al país a “pasar el invierno” como sacrificio para que las cosas mejoraran. Luego venían los programas de la mañana, con gloriosas locutoras Rina Morán y Beba Vignola. Perfectas, graciosas. Animadores como Cacho Fontana, Antonio Carrizo. A la tarde, novelas: “El teatro Palmolive del aire” y otras. Siempre con historias de amor imposible, mezcladas con la pobreza, que permitían soñar a las mucamas con ser princesas mientras planchaban. Competían con novelas gauchescas, de facones y tormentas, de amores camperos, luces malas y lobizones. Todos los sonidos -lluvia, tormenta, viento, cascos de caballos, entrevero de cuchillos, relinchos- eran hechos por quien creo se llamaba Nicolás Catalano. Impresionaban mas al tener que imaginarlos que cualquier efecto especial de la película Avatar. Y a la noche, los programas en vivo, con público. El Glostora Tango Club, con la orquesta típica de Varela Varelita, Niní Marshall con Juan Carlos Torry, y comedias. Siempre había un minuto disponible para los comentarios de Juan Ferreira Basso, con su microprograma “El otro lado de las cosas” en el que buscaba una reflexión y un pensamiento sobre cualquier tema respecto del cual parecía saberse popularmente la verdad. Y en épocas de revolución militar, el dial giraba hacia radio Colonia, desde la que Ariel Delgado “la voz de las noticias” contaba las últimas novedades sin la censura que sufrían las radios de aquí.
Hacían furor los departamentos en construcción, que casi cualquiera de la clase media podía pagar. Los constructores eran casi todos judíos, personas de carne y hueso con las que el comprador podía negociar y renegociar, ser escuchado. Y casi siempre cumplían. Su negocio era simple: se juntaban tres o cuatro de la colectividad, compraban una casa vieja por Arenales, por Charcas, por Anchorena o Santa Fe. Hasta ahí llegaba el dinero reunido. Contrataban a un arquitecto para hacer los planos del futuro edificio, y a los diversos gremios de hormigoneros, albañiles, electricistas y pintores. Ponían un cartel o algunos avisos en los diarios y en pocos días tenían vendidos todos los departamentos. Con el dinero que pagaban en cuotas los compradores pagaban los salarios y los materiales. Al proyectista y a los contratistas principales les entregaban en pago departamentos y finalmente, al cabo del negocio, cada inversionista se quedaba con un departamento o varios para el. Este departamento, por el espíritu conservador de los judíos, generalmente era alquilado y trasmitido a hijos y nietos y por eso hoy hay tantos judíos en el barrio de Carolina y Ariel. Recuerdo a los constructores Isidoro Natanson, Fleisman y tantos otros que basta mirar el frente de los edificios para saber quienes fueron. Este sistema fué destruido por la inflación que hizo que los empresarios no pudieran saber qué precio tendría que ponerse a los departamentos y por los jueces que los obligaron a contentarse con precios que habían quedado ridículos.
En esos años todavía estaba vigente lo que la gente llamaba “Ley de Alquileres”. El estado había prorrogado el plazo de vencimiento de los contratos de alquiler para evitar los desalojos, y los inquilinos seguían pagando al locador precios injustísimos. Muchas familias de clase supuestamente alta o de apellidos conocidos pudieron seguir viviendo en el barrio Norte pese a que técnicamente ya no tenían recursos económicos gracias a esas leyes de prórroga de alquileres. Entre ellos los Olavarría que ocupaban una gigantesca casona en Bulnes 1968 o las tías Negra y Dora Gowland que vivían en Santa Fé y Paraná. Pagaron miseria a los dueños mientras pudieron. Las casas se venían abajo porque nadie consideraba que era su deber mantenerlas. Caían los cielorrasos, perdía el gas, las paredes se electrizaban con los cables de tela y goma, las cocinas parecían del siglo XIX, los baños tenían inodoros marca Pescadas a cadena, de esos que recibían los soretes como en bandeja y en los que el alto depósito con caño a la vista provocaba una especie de catarata de agua que no dejaba de salpicar un poco afuera si no te corrías a tiempo.
Cuando los propietarios pudieron recuperar sus casas, años mas tarde, estaban en un estado de odio y rencor tan grande que las demolieron a pesar de que muchas tenían importante valor arquitectónico.
Yo fuí dos años a la escuela Juan Larrea en Laprida 1235. Segundo grado, que fué lindísimo porque aprendí las tablas de multiplicar y tuve una buenísima maestra. Ella tuvo el gesto de poner encima del armario del aula un Cabildo que yo había recortado del Billiken y armado cuidadosamente con pegamento y que era mi primer orgullo como constructor a tijera. No existía la Plasticola. El pegamento era una especie de jalea color te que venía en unos frasquitos de vidrio con forma redondeada, que tenían en la parte superior una tapa de goma con una pqueña ranura. Presionándola sobre el papel salía un poco de goma. Se escribía con pluma cucharita y cada banco tenía un tintero que la celadora llenaba con un enorme frasco de tinta. Justamente esa era la marca distintiva de segundo grado. Disponer de un tintero y escribir con tinta. En el colegio nos daban un desayuno. Una copa de leche tibia o mate cocido, en unos vasos cónicos parecidos a los de cerveza, y un pancito. Para las fechas patrias, un alfajor u otra golosina. Todos usábamos guardapolvos blancos con tablas que las madres almidonaban y planchaban y que aquí y allá llevaban alguna mancha de tinta, ya que por entonces no había aparecido la tinta “lavable” de las lapiceras a cartucho. La novedad eran unas lapiceras con tanque llamadas Tintenkuli, que venían de Alemania, eran carísimas y se recargaban introduciendo la punta en el tintero y girando el otro extremo. Tenían una ventanita por donde se podía ver la tinta que todavía restaba dentro. Los lápices eran Faber N°2 y todos los chicos poseíamos dentro del atuendo escolar una capita de tela engomada para la lluvia, con capucha y sin mangas. Con el tiempo se iba pudriendo la goma y daba un feo olor y un aspecto cuarteado que indicaba la hora de cambiarla por otra. Llevábamos los útiles en un portafolio de descarne marrón. Creo que mas bien era una especie de cartón porque se descosía enseguida y los padres tenían que llevarlo al zapatero después de comprobar que algunos útiles se perdieron por el camino. Al igual que el portafolio, todo se arreglaba y componía. Había talleres para todo. Las muñecas, los zapatos, las radios, las medias, incluyendo las recientemente aparecidas medias de nylon para mujeres. Los colchones se desarmaban, un señor venía a tu casa con una máquina y les sacaba toda la lana, la dejaba en el piso del living o del patio, la cardaba y la volvía a poner dentro del cotín. Y si te daba el presupuesto, en ese momento se cambiaba el cotín por otro nuevo.
Santa Fé era de doble mano, como hoy, pero mitad y mitad. En el medio tenía refugios para esperar el tranvía. Circulaban trolebuses (el 302, 303 y 319), silenciosos y bastante eficientes. En algunas esquinas, como en Pueyrredón, había una garita de policía. Un cilindro suspendido de una columna, con un techo cónico, desde el cual el policía dirigía el tránsito. Tenía una escalerita movible que el agente subía una vez arriba y así nadie podría alcanzarlo ni molestarlo.
A pocas cuadras había una especie de gigantesca villa de emergencia. La manzana en la que hoy está la plaza que llaman Los Galgos era de construcciones precarias, mayormente habitadas por gitanos. Desde allí salían a robar caminando, sin molestarse mucho por ir demasiado lejos. Al frente de esa manzana hacia Córdoba, que también tenía doble mano y era empedrada, funcionaba varias veces por semana una feria que ocupaba media avenida. A nadie le molestaba que estuviera allí. También había otra enorme feria por Ecuador entre Charcas y Mansilla. Ferias de verduras, pescados, carnes, galletitas, pan, lanas, telas... de todo. Los feriantes llevaban un uniforme que constaba de guardapolvos tirando a blanco y gorro. ¡Todos usaban uniformes en ese año! No sólo los feriantes, sino los motormans del tranvía, las maestras, los curas, los porteros de edificio, los ascensoristas, los colectiveros, los acomodadores y boleteros de cine y teatro, los guardas de tren.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

MY RAILROAD

I own a railroad. It is a line of very narrow tracks as the Trochita between from Esquel to Ing. Jacobacci, but runs in Greater Buenos Aires. I have not been able to know exactly its route, despite my efforts every time the matter appears in my dreams. Perhaps runs outside Morón, because one of its stations is at a crossroads of streets away, in a vague place near the Vergara and Juan Manuel de Rosas Avenue. It is an already abandoned station, but occasionally full of dreamlike passenger train arrives.  One of its terminals, huge, but now desolate took place away from Pompeya. Preserved in its tracks old passenger carriages, ridiculously small, where a crowd of Bolivian workers huddle to travel to some other unknown location for the middle classes. This train stops have names that nobody mentions out there and tributes unknown people remember. Sometimes a worker who died during the laying of the rails, or an engineer who decided the place of that platform than ever deserved roof...

ESPERANZA EN CHACHARRAMENDI

Una estación de servicio. Alguna vez debe haber sido de YPF y ahora solamente queda un enorme cartel con los colores de la marca, tratando de hacer creer a los automovilistas, a lo lejos, que podrán cargar combustibles en una estación de servicio oficial. Pocos se detendrán por eso. Se dejarán engañar porque es la única en muchos kilómetros a la redonda y preferirán usar cualquier caldo escanciado por esas agrietadas mangueras que correr el riesgo de quedar sin nafta en el medio del páramo. El pueblo está verdaderamente en un desierto. Un sitio caluroso, en el que no llueve, sin viento hasta que sopla un fuerte tornado. Cuatro cuadras por cuatro cuadras. Pasé el otro día por allí, con el espíritu que provoca haber venido desde la zona de Neuquén por las rutas 151 y provincial 20, manejando mas de trescientos cincuenta kilómetros en un paisaje árido, tórrido, de sol implacable. La ruta 20 es famosa por sus rectas que hipnotizan y adormecen a los conductores. Las señales de tr...

VOCACIÓN DE FANTASMAS

No molestan a nadie. Están charlando en pequeños grupos. Algunos sentados. Dirigen las miradas a otros. Probablemente se encuentren esa tarde y no tengan mas relación hasta la semana siguiente. Hasta la semana pasada se los veía en la plaza Rodríguez Peña, especialmente sobre esa calle y la plazoleta que está delante del Palacio Pizzurno. Ahora esa plaza está en obras de remodelación y el contacto con la laboriosidad, el olor a materiales frescos y a pintura nueva parece haberlos empujado, como si fueran murciélagos. Eligieron para anidar transitoriamente la plaza Vicente López, al amparo del gigantesco gomero. Las ropas son invariablemente negras o muy oscuras, de uno o dos talles mas que el que corresponde a los generalmente esmirriados cuerpos. Por eso los pantalones se caen, las mangas de las camperas cubren las manos. Cadenas, pulseras gruesas con tachas, piercings en orejas, narices, labios (de las zonas que pueden verse, autorizando a imaginar otras que están o...