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DOS HERMANOS GALLEGOS

   A la mañana me los crucé de nuevo. La semana pasada los había visto caminando por Paraná casi esquina Arenales, en la vereda de la plaza Vicente López. Hoy iban por Talcahuano en dirección a Marcelo T. de Alvear.
     Son dos hermanos gallegos, muy bajitos. Deben pasar ahora los ochenta años. Cuando caminan uno va un poco adelante y el otro lo sigue. Vestidos siempre con saco, camisa cerrada oscura sin corbata.
     Los conozco desde hace mas de veinte años. Quizás desde 1990 o 1991 cuando junto a Ricardo Pujol y Jorge López alquilamos la oficina de Esmeralda al 600.
    Ellos tenían a la vuelta, por Viamonte al 800 vereda impar un localcito de menos de dos metros de frente por tres de fondo en el que vendían bombones, caramelos, gomitas de frutilla o eucaliptus, cáscara de naranja con chocolate y cosas así. Muy pocos rubros mas cabían en el lugar. Tes, cafes, yerba y galletitas.
Siempre que uno entraba estaba detrás del mostrador uno de los dos gallegos. De lo bajos que eran apenas les asomaba parte del torso.
     Con un guardapolvo gris, abrían con cuidado la pequeña bolsita de papel donde pondrían las delicias dulces y calóricas y finalizada la carga lo cerraban con un ceremonioso gesto.
     Daba la impresión de que estuvieran allí desde los años cuarenta sin variantes. Creo que el apellido era Marcos.
  Como buenos gallegos no hablaban. Y ahora que los veo en la calle, probablemente jubilados, tampoco hablan nada.
    El mundo de los gallegos no necesita del palique. Eso es cosa de italianos. Cambiar ideas deforma el concepto de las cosas, porque si el pan es pan y el vino vino, nada mas hay que decir. El horror a las medias tintas los mantiene mudos.
     Pero funcionan juntos, quizás desde siempre, como si fueran siameses. 
    No cuesta imaginar que así los habrá criado su también callada madre allá en Galicia, en la casa de piedra tapada por la nieve del invierno, en la que debían dormir todos juntos en la cama para darse calor y en la que poco habría para comer.
   Así los habrá visto partir, con el corazón estrujado de dolor el día en que subieron al carro que los llevaría al puerto (¿Vigo, A Coruña, El Ferrol?).
     Nunca deben haber encontrado razón ni las palabras para hablar de su dolor, de su pérdida.
      Me parece que quien encontró las palabras fué Rosalía de Castro:

"Este vaise y aquél vaise,
e todos, todos se van;
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tés, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non ten pais.
E tés corazóns que sufren
longas ausencias mortás,
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolará."

Rosalía de Castro (1837-1885)

     Ahora los dos hermanos gallegos habrán muerto. Seguramente juntos o con poco tiempo de diferencia. El que sobrevivió miró a su hermano tieso con cierto enojo. No hay derecho.
                                                             ***
      Un año después, en septiembre de 2013, los cruzo en la vereda de la avenida Santa Fe frente a la bellísima iglesia de San Nicolás de Bari. Es poco después del mediodía, nublado, frío, ventoso. La primavera se instaló en forma de verano hace un par de días con temperaturas de 34° y ahora se ha ido tan de golpe como llegó, dejándonos a los porteños con esa habitual sensación de que no podemos disfrutar nada demasiado en materia climática.
     Están los dos vivos. Uno de ellos usa un bastón. El otro no se por qué estaba contando disimuladamente unos billetes chicos, quizás para dejarlo a alguno de los lisiados que tienen su parada en esa área de elevamiento espiritual.
     Caminan un poco de costado, uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha, como para no perderse nunca de vista.
                                                            ***
       Hoy 5 de abril de 2014 los encontré de nuevo. A eso de las cuatro y media de un sábado en el que llovió intensamente toda la mañana. La tarde sigue muy nublada y la ciudad parece acusar el doble golpe del temporal y el sábado. Muy pocos andan por ahí. Ni siquiera veo a los habituales mendigos de la iglesia de Las Esclavas y no puedo imaginarme donde estarán los que todos los días duermen bajo los aleros y portales.
     Por la vereda de la Plaza Vicente López, sobre Montevideo, justo donde nace la avenida Las Heras, esa que tiene una estrechez de infancia hasta Callao, para seguir varias cuadras de vigorosa anchura de juventud hasta Coronel Díaz y finalizar su vida como un río sin orillas hasta la Plaza Italia.
     Uno de los dos -el que parece mas sano y no usa bastón- lleva una bolsa plástica en una mano con tres cajas de ravioles. En la otra una bolsita con contenido inidentificable, pero muy probablemente algo para acompañar los ravioles en la comida de esta noche. Un vinito, queso rallado, algo dulce de postre.
     Me alegra verlos. Casi escribo que me alegra verlos vivos. Siguen funcionando como un conjunto de planetas y alternativamente uno es satélite del otro. Intercambian algunas palabras.
     Quiero acercarme, decirles que los conozco, que en algún sentido los quiero, que recuerdo la perfección del golpecito con el que uno de ellos acomodaba el cuarto de café recién molido dentro de la bolsita de papel y la cerraba con un triangulito perfecto que luego fijaba con un poquito de cinta transparente. Nada mas que un poco para que quedara cerrado pero después pudieras abrirlo fácilmente en tu casa sin romper el envase.
     Pero no me sale. Estaba con mi nieto Fermín de un año. Fermín se movía, se acababa de embarrar en la plaza y no podría entenderme aunque, bien pensado, un niño de esa edad era ideal para abrir conversación, como sucede con los perros.
      Dejé pasar la oportunidad. Espero que la vida me de una próxima vez con ellos.
                                                                  ***
      Ayer, 2 de junio de 2016 el taxi en el que viajaba en la tarde fría, ventosa y húmeda hacia la UCA tomó por Viamonte. Cuando pasamos frente al local que fuera de los gallegos el conductor mira hacia allí: "Mire que desastre. Ese quiosco sin mercadería, desordenado, con poca luz, no sé por qué lo tendrán así ni a quién podrán venderle algo. Nadie debe entrar ahì".
        Yo estaba entretenido con el celular y no había reparado en dónde estábamos. No pude dejar de preguntarme por qué le había llamado la atención al taxista esa insignificancia en la que yo no me había detenido pero que tenía significación quizás solamente para mi. ¿Habría recibido alguna comunicación directamente desde mi subconciente?
         Le conté la historia del local, de los gallegos. No pareció interesarle demasiado ni causarle nada especial. Me escuchó con cortesía profesional (la que los taxistas dedican a los jovatos como yo, que suelen debilitarse por el lado anecdótico) y volvió a lo que realmente le interesaba, que era ese presente de un kiosco deslucido, oscuro y sin mercadería. "En una de esas se le terminó el contrato, o se está fundiendo" dije yo. Eso lo atrajo algo mas. "Si, quizás está quebrado, pobre tipo".




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