En los años sesenta del siglo pasado yo tendría unos diez años. Por ese entonces, todavía existían los patos.
No digo que se hayan extinguido, pero actualmente han pasado a ser casi tan virtuales como los dinosaurios.
En aquel momento no era infrecuente que los chicos pudieran ver patos en alguna ocasional visita al campo, emocionarse con el espactáculo de los patitos recién salidos del cascarón corriendo detrás de la pata hacia un charco de agua. Muchos habrían visto la desesperación de una gallina a la que le dieran a incubar huevos de pata viendo a sus retoños meterse al agua, sin poder comprender qué clase de locura estaban haciendo.
Mas de un niño de aquella década habrá recibido un patito como regalo y presenciado la progresiva desesperación de su propia madre al ver que cagaba por todos lados y crecía todos los días, mientras él se olvidaba de su promesa del primer día de encargarse de cuidarlo.
Pero en realidad no había muchos patos de carne y hueso en la ciudad de Buenos Aires, que si bien conservaba todavía algunos gallineros aquí y allá (se oía aún el canto del gallo en las madrugadas), ya había dado paso a buenas dosis de cemento.
Los patos sobrevivientes estaban mas en el lenguaje de los adultos, demostrándonos a los mas chicos que en algún tiempo no demasiado anterior (¿quizás los años 30 ó 40?) hubo un reinado de esa palabra, que a nosotros nos sonaba ya un poco antigua.
Un “pato” era una persona que estaba transitoriamente sin dinero. No un pobre permanente sino aquél al que se le había terminado el sueldo, o que no había recibido el pago de algunos alquileres o la magra renta de un campo. Cosas así.
Para justificar que no te traían un regalo para el cumpleaños, tíos y tías decían “estoy pato”, lo que implicaba que antes habrían podido comprarlo y a la vez la esperanza de que pasado algún tiempo o producido algún acontecimiento, también podrían. Después aprenderíamos que el regalo que no llegaba el mismo día del cumpleaños no vendría nunca.
Para ser pato había que pertenecer a una clase social. Esa clase formada por personas cuyos apellidos, generalmente españoles, vascos, franceses o ingleses, jamás italianos, estaban en los nombres de las calles, plazas y ciudades. De esos que trataban de vivir en el mejor barrio posible de la ciudad, el barrio norte, aunque tuvieran que conformarse con el departamento mas chiquito y oscuro, en el que no podían moverse por el tamaño descomunal de los muebles heredados. Eran venidos a menos pero que por sus relaciones de familia podían ir a golpear la puerta de algún ministerio y conseguir un puestito en la Caja de Ahorro Postal, el Banco Hipotecario, YPF, los tribunales.
Esa misma clase social que aprovechó las leyes que impedían los desalojos y congelaban el precio de los alquileres para seguir pagando una miseria en casas que se venían abajo por la falta de arreglos. La clase social, en definitiva, que siempre benefició el peronismo pese a su discurso.
A principios de ese siglo unos empresarios comenzaron a construir edificios llamados “de renta”, que se destinaban a alquiler. No se imaginaban por supuesto que el Estado traidor se les vendría encima y les fijaría precios absurdos.
Uno de esos, en la calle Ugarteche 3050 fué llamado “Palacio de los Patos”, porque era una especie de lujo para esos pobretones de clase alta que tenían que alquilar pero no se resignaban a comprar en un barrio, prefiriendo pagar todos los meses para estar cerca de la “gente como uno”.
Pero no terminaba allí la mención de los patos. Estaban los “Patos Viccas”. Esos habían sido unos patos criados de tal manera que tenían, según la propaganda, pechugas enormes y muslos suculentos. Me imagino ahora que los alimentarían con algo que hoy estaría prohibido.
Hacia los años sesenta ya no existían en el mercado, y nadie comía pato. Se conservaba en el menú de los restaurantes el “pato a la naranja”, pero ya en declinación que se consolidaría hasta la desaparición total que hoy se puede comprobar.
“Pato Viccas” aludía entonces a un muchacho musculoso. Las tías lo usaban para ponderar los noviecitos de sus sobrinas, o para referirse a algún varón joven y apetecible. Había un dejo peyorativo, como queriendo a la vez dar a entender que al así llamado no le veían otras condiciones, especialmente en el cerebro.
Con el tiempo la palabra se transformó y actualmente se dice “patovicas” a los que controlan las puertas de los locales bailables como guardias de seguridad. Son los que eligen quién entra y quién no, ponen fin a discusiones y grescas, sacan a la calle a borrachos o drogados y, de cuando en cuando, hieren gravemente a alguno o lo matan.
No eran los únicos patos del lenguaje diario. Estaba por supuesto el “pato de la boda”, tradicional referencia a la víctima involuntaria de un festejo ajeno.
Sin contar los personajes de historieta como el Pato Donald, el Pato Lucas y el cariñosísimo “al agua pato”, con el que las madres acompañaban el gesto de meter a los niños al agua tibiecita para bañarlos.
¿Dónde quedaron los patos?
Comentarios
Publicar un comentario