Llego al oscurecido parque en el que se alza la capilla solitaria. Los invitados han venido hasta allí recorriendo los largos pasillos del hospital, mojándose un poco con la lluvia. Entro. Ya están ocupados todos los bancos y consigo un lugarcito de pie, al fondo. Los rezagados tendrán que seguir la ceremonia desde afuera, bajo el techo del pequeño atrio.
Son las siete de la tarde en un antiguo hospital de la ciudad de Buenos Aires. Construido a principios del siglo XX con el modelo francés de pabellones de dos o tres pisos, separados entre si y conectados por largos corredores techados y aventanados. Con un parque central y en ese jardín una capilla pequeña, para unas sesenta personas, dedicada según creo a San Sebastián o a algún otro mártir cuyo recuerdo, por comparación, alivie las penurias de los enfermos.
“La verdad, yo estoy bastante mejor con mi próstata que vos con tus flechazos” podría musitar alguno.
Son las siete de la tarde en un antiguo hospital de la ciudad de Buenos Aires. Construido a principios del siglo XX con el modelo francés de pabellones de dos o tres pisos, separados entre si y conectados por largos corredores techados y aventanados. Con un parque central y en ese jardín una capilla pequeña, para unas sesenta personas, dedicada según creo a San Sebastián o a algún otro mártir cuyo recuerdo, por comparación, alivie las penurias de los enfermos.
“La verdad, yo estoy bastante mejor con mi próstata que vos con tus flechazos” podría musitar alguno.
Los hospitales de Buenos Aires son un conjunto de construcciones de diversas épocas. Bastaría con conocerlos para aprender historia política argentina. Presentan sectores semiabandonados conviviendo con otros antiguos, algunos totalmente remodelados. Una simple puerta suele separar una construcción nueva de una sala vacía, con camas oxidadas acumuladas y pintura descascarada, como en las confusas visiones de los sueños.
El conjunto general, no obstante es de cierta dignidad porque están bastante limpios y aceptablemente pintados.
El conjunto general, no obstante es de cierta dignidad porque están bastante limpios y aceptablemente pintados.
En el que nos encontramos se cumplen las descripciones generales. Como esta tarde de fin de verano ha comenzado a llover, desperdigados en los corredores y hasta en la entrada del hospital hay personas envueltas en frazadas o mantas, durmiendo en el piso. Se acostaron temprano, fatigados de la inactividad del día. Probablemente son los "ciudadanos en situación de calle", gente sin vivienda a la que se le permite ocupar el lugar en días como hoy o cuando la temperatura baja de 5°.
Al día siguiente deberán volver a la calle. Ninguno quiere ni acepta ir a los refugios del gobierno de la ciudad. De acuerdo con las nuevas políticas, no se le impone nada a nadie.
Este hospital y su barrio circundante -de clase media, antes inmigrantes europeos y hoy latinoamericanos peruanos, paraguayos, bolivianos- está tranquilo hoy y a esta hora. No ha habido en la zona ningún accidente con heridos, ni mujeres golpeadas o comerciantes baleados por asaltantes. El ferrocarril San Martín, que suele nutrir de heridos al hospital cuando a los trenes les da por no detenerse en la atiborrada estación cercana parece que tiene bien sus frenos y que sus conductores contienen, al menos por hoy, sus impulsos suicidas.
Así como sucede con los edificios públicos en este país, la entrada al hospital no era por la puerta principal, clausurada no se sabe bien por qué desde hace años, sino por una lateral, originariamente pensada para carros, que obliga a caminar bajo la llovizna una larga playa de estacionamiento de autos y ambulancias.
No me acompaña el mejor ánimo, pese a que habitualmente los casamientos me llenan de optimismo y todas las novias me resultan lindas.
Los asistentes son amigos, parientes de los novios y también feligreses que aprovecharán la misa de esponsales y que nada tienen que ver con ellos: familiares de enfermos del hospital, ayudantes o misioneros, y dos o tres miembros femeninos del séquito parroquial: mujeres asexuadas, feas, voluntarias esclavas del sacerdote.
Sobre el altar se ve un santísimo sacramento de tamaño notable. Quizás de la dimensión de un viejo disco long play pero de color blanco opaco y sin el agujerito del centro, obviamente innecesario. Sostenido por una medialuna de madera con una columna del mismo material y sujetado por un par de tornillos con mariposa, se erige imponiendo respeto. Un pequeño reflector con cable ilumina intensamente esa hostia descomunal.
Lo extraño del lugar nos ha sacado a todos el ánimo protagónico. Parecemos espectadores llegando a un cine mas que a un teatro. Percibimos que allí se dará una función que en algún sentido nos es ajena. Quizás por eso nadie contraría la orden que recibimos de que las fotos las tomará únicamente esa rubia que se ve allí con los bártulos al hombro. Celulares y cámaras se apagarán -como en el cine- hasta que seamos expulsados de ese mundo de fantasía.
Lo extraño del lugar nos ha sacado a todos el ánimo protagónico. Parecemos espectadores llegando a un cine mas que a un teatro. Percibimos que allí se dará una función que en algún sentido nos es ajena. Quizás por eso nadie contraría la orden que recibimos de que las fotos las tomará únicamente esa rubia que se ve allí con los bártulos al hombro. Celulares y cámaras se apagarán -como en el cine- hasta que seamos expulsados de ese mundo de fantasía.
Esperamos. El sacerdote aparece finalmente y termina por acallar los murmullos que una de sus asistentes ya comenzara a aplacar con uno o dos “¡Hermanos!” dicho en tono imperativo.
El cura es de mediana edad, pelo rojizo con entradas, anteojos de marco grueso, aspecto ansioso. Probablemente sea el preste de esa capilla, acostumbrado a ver pocas personas en sus misas, que hoy recibe sorprendido e inquieto a sesenta o setenta personas y nada menos que para un casamiento. Él, que parece preparado solamente para hablar a moribundos. Se nota que esta es su noche, que no aceptará para sí nada menos que una ceremonia perfecta.
Ya estamos casi todos en orden y silencio. Comienza un canto, animado con una de las acólitas que toca muy bien la guitarra y dispone de una linda voz que recuerda a la de Susy Leiva. El sacerdote se dirige hacia la enorme hostia. La contempla fijamente con un aire descarnado semejante al de la reina de la Bella Durmiente. Con cuidado afloja los tornillos, que desentonan desvergonzados chirriando un poco como reclamando algo de aceite. Una vez liberado el disco gigante lo levanta con las dos manos mas por el peso que por razones rituales y lo guarda dentro de una caja de cuero que reposaba sobre el altar. Se dirige ahora con la caja hacia el sagrario que está detrás, se inclina, abre la puerta con un llavín, intoduce la caja que apenas entra, un poco inclinada, cierra la puerta, se vuelve a arrodillar, y detenidamente trae el pequeño reflector, que ahora apunta hacia la puerta, para que quede tan iluminada como antes estuviera la hostia.
Lleva el soporte de madera a una mesita lateral, trae el misal y lo coloca sobre el altar, se acomoda los anteojos y hace un primer gesto involuntario como si hubiese chupado limón mientras eleva el hombro derecho y se dirige hacia el frente del altar para recibir a los novios. Ese gesto lo repetirá unas diez veces durante la ceremonia, de modo que terminaremos por acostumbrarnos. A la distancia que estoy de él no puedo asegurarlo pero me pareció que acompañaba esos dos gestos con el guiño del ojo derecho.
Los novios ingresan con otras personas, en una procesión que recuerda las de algunas fiestas del interior español. En primer lugar un señor gordo sostiene una enorme cruz delante de él. Detrás de él el novio (yo lo conocía, pero sospecho que de no ser así nadie lo identificaría en ese papel) acompañado a su lado por un hombre (¿amigo?). A continuación la novia, acompañada (luego supe) de una de sus numerosas hermanas, la única casada hasta ahora. Detrás otras dos o tres personas inidentificables.
Como la capilla no tiene mas de diez metros, pese a que el conjunto demora el paso hasta el borde de la pérdida de equilibrio el trámite es inevitablemente rápido. Los novios quedan delante, donde hay sendos reclinatorios separados por mas de un metro o, en todo caso, por una distancia que supera ampliamente la de dos brazos extendidos. Se miran un poco entre sí. No se toman las manos (la brecha lo impediría a menos que uno cayera del reclinatorio) ni se besan.
El novio tiene unos cincuenta años, alto, pelo negro cortado corto media americana, con anteojos. La novia unos años menos, alta también, buena moza, de pelo rubio que yo aseguraría natural, con un vestido blanco largo de media pierna, zapatos bajos de color claro. El vestido es de salir. No de casarse. En sus manos lleva un ramo de flores.
Siguen sin mirarse. Comienza la misa. Todos los pasos se van cumpliendo con gestos lentos, solemnes, acompañados de vez en cuando por el limón sorbido, el hombro levantado y la guiñada de ojos, hasta que llega el momento de la homilía.
Las lecturas no hablaron de la enormidad del amor, se abstuvieron de recordar que “sin amor no soy nada”. No cayeron en ese lugar común.
Las que se eligieron recordaban el pasaje del Génesis en el que Dios, agotado por haber inventado al mundo y todas sus creaturas, fascinado al contemplar su mejor producto -ese que piensa y siente como Él mismo y que podría admirar toda la obra- advierte que el hombre está solo, que los animales que él creó no son compañía suficiente y que la misión que dió a Adán de nombrarlos a todos a él no lo hace plenamente feliz. Como buen Padre -y de buenos oídos- sabe que a ese tipo algo le falta. Que nunca le será suficiente la astronomía, ni la filosofía, ni la comida, ni la religión ni el deporte que será inventado después. Por eso duerme a la criatura, le quita una costilla, rellena el agujero del hombre con carne, y con la costilla y algunos elementos mas forma una mujer. Adán despierta y en el posoperatorio comprueba que ahora sí tiene lo que le faltaba: una compañera que es carne de su carne y sangre de su sangre.
El texto sigue estando en el Génesis, algunos sostienen que fué escrito por una de las primeras mujeres dramaturgas, pero suena actualmente políticamente poco correcto, porque ninguna mujer tiene muchas ganas de ser considerada como una derivación del hombre. Menos de la costilla que hace acordar tanto al bolsillo de la billetera. No sé si Dios resistiría una investigación del INADI.
Pero seguramente pocas de los que están se incomodan. Luego se lee una carta de no me acuerdo cual apóstol. Y finalmente el evangelio se refiere a esa artera escena en la que le preguntan a Jesús si es lícito divorciarse de la mujer y Jesús responde que como el hombre y la mujer una vez que están casados son una sola carne, nadie puede separar lo que Dios ha unido. Mmm.
Justamente ese evangelio. Lo único que venía faltando. Nada menos que ese, que te recuerda que deberás seguir al lado de esta o este aunque estés metiendo la pata hasta el ijar. Oirlo hoy suena amenazante.
Bueno, no debo exagerar. Si las cosas no salieran como esperan estos dos la Santa Madre no estará para divorciar a ninguno, pero sin empachos podrá declarar que nunca se casaron, mediante el procedimiento de la nulidad matrimonial. Aquí, aquí no ha pasado nada. En otras palabras, lo que Cristo dijo que no era lícito, que no podía el hombre hacer: separar lo que Dios había unido. Unos hombres de la propia iglesia han decidido que allí nunca pasó nada. Que no hubo matrimonio. Que los hijos concebidos de esa unión tienen padres solteros.
En fin, que quizás yo no lo sabía y esa era la lectura del día y se trató de una casualidad.
Pero al parecer no fué así, porque seguidamente la homilía del sacerdote se refiere al mismo tema. De modo que se trataba de una avanzadilla táctica. Podría haberlo soslayado pero el ministro prefiere correr hacia adelante y meterse de lleno. Habla del sacramento del matrimonio, lee infinidad de parrafadas extraídas de Escrivá de Balaguer sobre el valor del amor, de la comprensión, de la reconciliación, en definitiva de ese manual del usuario escrito por quienes no compraron el producto ni piensan hacerlo. Insiste en que la nulidad canónica significa que es una declaración de que un matrimonio en realidad fué un no-matrimonio, no sé por qué incursiona en la necesidad de que los hijos sean concebidos en el seno materno y no en laboratorios, habla demasiado de la educación de los hijos a dos que difícilmente puedan engendrarlos a menos que recurran a alguno de esos artificios. ¿Otra velada amenaza?
El tono general es distante, desafectivizado. Se empeña en ser correcto desde el punto de vista doctrinario y religioso, y seguramente lo consigue. Es el gran día del cura. Una clase especial inspirada por el espíritu santo para un oyente de aspirantes a curas. Los novios siguen a mas de un metro de distancia entre uno y otro. No se miran. No sonríen. Tampoco se los ve tristes, ya que sentimientos no se perciben.
Termina por fin la infinita y políticamente acertada homilía. Yo sigo de pie, lo que progresivamente me va privando de toda objetividad Llega el momento de la consagración que el celebrante estira todo lo posible levantando la hostia durante mas de un minuto, luego el cáliz otro tanto. Con los bíceps que le ha sacado sostener la inmensa hostia todos los días puede hacerlo sin dificultad. Comulgan los novios, a quienes ahora el sacerdote ha indicado que se coloquen mas cerca. Los casa con la fórmula esa, tan capciosa, en la que disimuladamente la Iglesia, luego de haber preparado toda la escenografía y convocado el público les recuerda que son ellos quienes contraen matrimonio y que todos -incluyendo el celebrante- sólo pasabamos por ahí para ver. En algún momento, infinitamente mas tarde de lo que hubiese deseado, concluye la misa. Debo reconocer que no me hizo ningún daño aunque no soy Enrique IV y que en dos o tres oportunidades me vi tentado a pensar ¿y por qué no? Si fuera cierto…
Cuando el cura terminó de casarlos, aunque la misa continuaría todavía, muchos de los presentes aplaudimos. No le gustó al cura ni a varios de los presentes, de modo que en breve los modernos terminamos los ruidos.
Ahora los recién casados voltean hacia el público y salen. El novio no besa a la novia, no la toma del brazo, ni la mano. Codo a codo salen repartiendo sonrisas y tan rápido que en pocos segundos están fuera de la capilla.
Un tío de la novia, al ver que el nuevo marido no besa a su mujer se da vuelta, mira a la mujer de su hermano y la hace un gesto que significa: ¿Y esto que es?.
Los saludos a los novios se abrevian por la lluvia y alguien nos indica que nos dirijamos a uno de los corredores del hospital, en el que servirán algo para celebrar.
Vamos pues hacia allí. Recorremos el mal iluminado y solitario deambulatorio hasta que desemboca en otro parecido en el que se ven algunas personas reunidas. Unas mujeres ataviadas mitad como camareras y mitad como enfermeras distribuyen empanadas, gaseosas y jarras con vino tinto. Han traído unos tablones que apoyan sobre caballetes. Todos hemos engullido al menos una empanada cuando el sacerdote que ofició la misa y el casamiento llega. Con aspecto turbado nos ordena que dejemos de comer para bendecir los alimentos. Una señora a mi lado pregunta ¿Alcanzará la bendición a lo que ya tengo en el estómago?. "Si, le respondo. Es una bendición con efecto retroactivo".
El sacerdote bendice, con una morosidad rayana en el sadismo y todos nos lanzamos nuevamente a comer.
Pronto aparece el novio, a quien saludamos, y un poco mas tarde, por el largo corredor trocado en ambigú por el que viniéramos nosotros, aparece la novia. También la saludamos. Mi compañera me urge a que nos vayamos, cosa que hacemos rápidamente.
Saliendo sobre esas desoladas baldosas poco a poco cede el clima festivo y se impone nuevamente el hospital. Cruzamos dos pacientes psiquiátricas, una de las cuales está pintando cuidadosamente las uñas a la otra y levanta un poco su mirada enturbecida sin sosprenderse demasiado. A los pocos metros vemos una cucha con un enorme gato en el vano de una ventana. Nos mira casi a punto de dormirse. Y como sigue lloviendo y ya es de noche, muchas mas personas que antes durmiendo en el piso envueltas en frazadas.
De nuevo en la calle nos miramos con un gesto semejante al del tío: ¿Qué fué esto?
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