Fueron los griegos los que crearon como forma de castigo político la costumbre del ostracismo. El pueblo decidìa en votación si un dirigente político merecía ser desterrado por haber tomado decisiones perjudiciales, anotaban su nombre en la valva de una ostra y lo mandaban fuera por mucho tiempo. ¿Que harían ahora esos lúcidos atenienses? El magistrado Tsipras se presentó a la asamblea, informó de un grave conflicto con una alianza de naciones vecinas, que reclamaban el pago de viejas deudas de Atenas. A sus ojos solamente había dos posibles respuestas: si y no. Votar “si” implicaba someterse a los deseos de las tribus vecinas, resignar la independencia y autonomía de la Patria, soportar la circulación del sextercio, en definitiva, una enorme humillación. En cambio, “no” significaba mantener en alto la frente, refirmar el honor ateniense, reforzar la confianza en la dracma, decidir entre atenienses la polìtica ateniense. En suma, sostener la identidad. Aunque costara, ...