Desde que finalizara la segunda guerra mundial se ha ido afianzando la competencia deportiva entre países.
Hay mundiales, regionales, continentales de cuanto deporte existe. El mas notorio es el fútbol. Los equipos de los países están integrados por jugadores nacidos o nacionalizados en cada uno de ellos.
Esos equipos no participan en otras competencias que no sean contra otros equipos de naciones diferentes, a menos que se trate de partidos amistosos o de exhibición.
Sus jugadores integran siempre otros equipos, de clubes en los que se permite o se busca a los mejores o mas cotizados, sean del país que fueren.
Como parte de las reglas internacionales del fútbol, establecidas por esos mismos clubes y sus dirigentes, los jugadores están obligados a conformar el equipo nacional siempre que sean elegidos y convocados.
Para que se dé este fenómeno es indispensable que haya “paises” y que los países tengan “nacionales” y “extranjeros”.
Si vamos un poco mas allá podremos advertir que el principal objetivo del sistema es el de validar la existencia de los países, y de separar a las personas en nacionales y extranjeros.
De manera que para cualquiera que se proponga marchar hacia la hermandad e igualdad de los que vivimos en la Tierra, la existencia de “equipos nacionales” es un claro enemigo. Favorece rivalidades absurdas, como las de personas étnica y culturalmente similares pero que han caído de distintos lados de las arbitrarias fronteras (paraguayos y correntinos, jujeños y bolivianos, mendocinos y chilenos, porteños y uruguayos, etc. etc.). Segrega artificialmente a personas dentro de la misma comunidad. En Argentina viven y trabajan millones de bolivianos, paraguayos, uruguayos o peruanos que no pueden formar parte del equipo de fútbol por mejor que jueguen.
El sentimiento y las emociones que nos provocan las competencias mundiales, panamericanas, es un sentimiento malsano. Tiene connotaciones de separación, de egoísmo.
Y, peor aún, es un sentimiento ingenuo y tonto, porque aceptamos que los políticos, que son los que necesitan para sobrevivir la existencia de las fronteras, nos vendan su propio negocio, que compramos entusiasmados.
Y, peor aún, es un sentimiento ingenuo y tonto, porque aceptamos que los políticos, que son los que necesitan para sobrevivir la existencia de las fronteras, nos vendan su propio negocio, que compramos entusiasmados.
Comentarios
Publicar un comentario