Soy propietario de un ferrocarril. Es una línea de vías muy angostas, como las de la Trochita que iba desde Esquel a Ing. Jacobacci, pero corre en el Gran Buenos Aires. No he podido hasta ahora conocer con exactitud su recorrido, pese a mis esfuerzos cada vez que me toca soñarlo. Sé que pasa por las afueras de Morón, porque una de sus estaciones está en un cruce de avenidas de allí, en un impreciso lugar cercano a la avenida Vergara o Juan Manuel de Rosas. Es una estación ya abandonada, pero de cuando en cuando llega un tren lleno de pasajeros ensoñados.
Una de sus terminales, enorme y ahora desolado lugar quizás no alejado de Pompeya, conserva en sus rieles antiguos vagones de pasajeros, ridículamente pequeños, en los que una multitud de obreros bolivianos se apiñan para viajar a alguna otra localidad desconocida para las clases medias. Las paradas de este ferrocarril tienen nombres que nadie menciona fuera de allí y que homenajean personas de ignoto recuerdo. A veces un obrero que murió durante el tendido de los rieles, o un ingeniero que decidió el lugar de ese andén que nunca mereció boletería ni techado y que hoy nadie utiliza.
La traza fué muy bien pensada, con largas rectas, vía ascendente y descendente. Plena de esperanzas en crear nuevas poblaciones laboriosas en el medio de ese campo desolado. Las construcciones parecen de un estilo moderno de los años 30 del siglo pasado, quizás racionalista a la italiana. Cruzan las calles ya sin barreras, aunque de cuando en cuando un lento convoy vuelve a avanzar con los obreros mudos y soñadores.
Desespero por que ese servicio salga de un sueño y exista nuevamente, para que se corte el pasto sobre los durmientes, para que puedan abordarlo niñas con guardapolvo blanco y moño azul en sus cabezas, de la mano de sus padres obreros pero impecablemente vestidos. Si pudiera tocar con mi mano uno solo de sus asientos, oler en persona el aroma de la acaroína, ver nuevamente un cenicero de andén con arena en el que todavía humea algún resto de Avanti…
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