Cuando se viajaba por la extensísima Argentina, especialmente en ómnibus o auto, era necesario de vez en cuando detenerse en algún bar del camino o de un pueblo pequeño.
Sitúo estas descripciones por los años 1950 a 1980. Esos lugares eran generalmente poco confortables. Jamás sus dueños creyeron necesario dotarlos de cierta personalidad o tipicidad. Mesas de madera pintada o laminado plástico, prolijamente repasadas miles de veces con “trapo rejilla” húmedo con agua y lavandina o mas frecuentemente con agua y vinagre blanco, pero limpios hasta ahí: hasta el borde. Apenas debajo de la zona visible la mugre era infinita.
Hasta que se hizo general la prohibición de fumar, aparecían con infinitas manchas de quemadura de cigarrillos, especialmente si en el lugar había costumbre de jugar a las barajas.
El piso de mosaicos, las ventanas no muy limpias, y un mostrador. Sobre ese mostrador solían reposar tres o cuatro grandes campanas de vidrio. Debajo de alguna un trozo de queso, de otra unos huevos duros y una con una fuente de paquetes de bay biscuit.
Estos bizcochos rectangulares, dulzones, con huevo, del color bayo que les da nombre, eran lo único de que disponían estos lugares para acompañar un café con leche o un te.
Jamás había medialunas, tortitas. A lo sumo pan blanco para cortar y tostar.
Solían estar algo viejos y húmedos.
Actualmente es difícil encontrar bay biscuit. La mayor parte de los bares de caminos dispone de facturas hechas en un hornito eléctrico, que compran pre elaboradas y congeladas a un distribuidor que las reparte por todos lados.
Me parece que antes de que ya nadie los recuerde merecen el homenaje a los servicios que prestaron durante décadas para hacer mas tolerable la soledad del café con leche en el camino.
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