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GRIEGOS EN EL CORRALITO ARGENTINO

En estos días Grecia está en el medio de esas confusiones sociales que provocan tanta incertidumbre y susto a sus habitantes. En Argentina nos sucedió lo mismo en 2001. No es inocuo creer en los mensajes de la publicidad. Si les hacés caso a los que procuran venderte tabaco con avisos, te morirás de cáncer o algo parecido. Si les creés a los del alcohol te pescarás una cirrosis. Lo mismo sucede con la mayor y mas difundida campaña: esa que nos convence de que el dinero tiene valor. Es magnífico lo que han logrado los gobiernos y los bancos. Todos vemos el papel, sabemos que su estructura y materiales no es muy diferente de la del papel higiénico. Pero con el número impreso y en la cantidad adecuada creemos que vale lo mismo que un antiguo palacio, un automóvil y hasta que la felicidad. “Das gold!” cantan en la ópera Fidelio. “Das gold!” coreamos todos. Al menos el viejo oro es un metal. No muy útil pero brillante. En cambio el papel moneda es eso. Papel. Los g...

HOMENAJE AL BIZCOCHO BAY BISCUIT

Cuando se viajaba por la extensísima Argentina, especialmente en ómnibus o auto, era necesario de vez en cuando detenerse en algún bar del camino o de un pueblo pequeño. Sitúo estas descripciones por los años 1950 a 1980. Esos lugares eran generalmente poco confortables. Jamás sus dueños creyeron necesario dotarlos de cierta personalidad o tipicidad. Mesas de madera pintada o laminado plástico, prolijamente repasadas miles de veces con “trapo rejilla” húmedo con agua y lavandina o mas frecuentemente con agua y vinagre blanco, pero limpios hasta ahí: hasta el borde. Apenas debajo de la zona visible la mugre era infinita. Hasta que se hizo general la prohibición de fumar, aparecían con infinitas manchas de quemadura de cigarrillos, especialmente si en el lugar había costumbre de jugar a las barajas. El piso de mosaicos, las ventanas no muy limpias, y un mostrador. Sobre ese mostrador solían reposar tres o cuatro grandes campanas de vidrio. Debajo de alguna un trozo de queso, d...

VOCACIÓN DE FANTASMAS

No molestan a nadie. Están charlando en pequeños grupos. Algunos sentados. Dirigen las miradas a otros. Probablemente se encuentren esa tarde y no tengan mas relación hasta la semana siguiente. Hasta la semana pasada se los veía en la plaza Rodríguez Peña, especialmente sobre esa calle y la plazoleta que está delante del Palacio Pizzurno. Ahora esa plaza está en obras de remodelación y el contacto con la laboriosidad, el olor a materiales frescos y a pintura nueva parece haberlos empujado, como si fueran murciélagos. Eligieron para anidar transitoriamente la plaza Vicente López, al amparo del gigantesco gomero. Las ropas son invariablemente negras o muy oscuras, de uno o dos talles mas que el que corresponde a los generalmente esmirriados cuerpos. Por eso los pantalones se caen, las mangas de las camperas cubren las manos. Cadenas, pulseras gruesas con tachas, piercings en orejas, narices, labios (de las zonas que pueden verse, autorizando a imaginar otras que están o...

MY RAILROAD

I own a railroad. It is a line of very narrow tracks as the Trochita between from Esquel to Ing. Jacobacci, but runs in Greater Buenos Aires. I have not been able to know exactly its route, despite my efforts every time the matter appears in my dreams. Perhaps runs outside Morón, because one of its stations is at a crossroads of streets away, in a vague place near the Vergara and Juan Manuel de Rosas Avenue. It is an already abandoned station, but occasionally full of dreamlike passenger train arrives.  One of its terminals, huge, but now desolate took place away from Pompeya. Preserved in its tracks old passenger carriages, ridiculously small, where a crowd of Bolivian workers huddle to travel to some other unknown location for the middle classes. This train stops have names that nobody mentions out there and tributes unknown people remember. Sometimes a worker who died during the laying of the rails, or an engineer who decided the place of that platform than ever deserved roof...

MI FERROCARRIL

Soy propietario de un ferrocarril. Es una línea de vías muy angostas, como las de la Trochita que iba desde Esquel a Ing. Jacobacci, pero corre en el Gran Buenos Aires. No he podido hasta ahora conocer con exactitud su recorrido, pese a mis esfuerzos cada vez que me toca soñarlo. Sé que pasa por las afueras de Morón, porque una de sus estaciones está en un cruce de avenidas de allí, en un impreciso lugar cercano a la avenida Vergara o Juan Manuel de Rosas. Es una estación ya abandonada, pero de cuando en cuando llega un tren lleno de pasajeros ensoñados. Una de sus terminales, enorme y ahora desolado lugar quizás no alejado de Pompeya, conserva en sus rieles antiguos vagones de pasajeros, ridículamente pequeños, en los que una multitud de obreros bolivianos se apiñan para viajar a alguna otra localidad desconocida para las clases medias. Las paradas de este ferrocarril tienen nombres que nadie menciona fuera de allí y que homenajean personas de ignoto recuerdo. A veces un obr...

ESPERANZA EN CHACHARRAMENDI

Una estación de servicio. Alguna vez debe haber sido de YPF y ahora solamente queda un enorme cartel con los colores de la marca, tratando de hacer creer a los automovilistas, a lo lejos, que podrán cargar combustibles en una estación de servicio oficial. Pocos se detendrán por eso. Se dejarán engañar porque es la única en muchos kilómetros a la redonda y preferirán usar cualquier caldo escanciado por esas agrietadas mangueras que correr el riesgo de quedar sin nafta en el medio del páramo. El pueblo está verdaderamente en un desierto. Un sitio caluroso, en el que no llueve, sin viento hasta que sopla un fuerte tornado. Cuatro cuadras por cuatro cuadras. Pasé el otro día por allí, con el espíritu que provoca haber venido desde la zona de Neuquén por las rutas 151 y provincial 20, manejando mas de trescientos cincuenta kilómetros en un paisaje árido, tórrido, de sol implacable. La ruta 20 es famosa por sus rectas que hipnotizan y adormecen a los conductores. Las señales de tr...

ERUCTO PROVENZAL

Evoco esos muebles de puertas labradas, color pardo, sillones con apoyabrazos planos de madera y almohadones sueltos floreados, un poco pobretones, que estuvieron de moda en los años cincuenta del siglo pasado. Entonces el matrimonio era un requisito no solamente para el sexo lícito sino para poseer un “juego”, que era una combinación de cama, mesas de luz y ropero o bien de mesa, sillas y sillones. Los muebleros llamaban al estilo “Provenzal”, un toque de prestigio francés para trastos pagaderos en cuotas. No sé si sucedía en otros lados, pero en Argentina también se motejaba como “provenzal” a la combinación de perejil y ajo picados, alma de la milanesa, nuestro plato nacional. Lo provenzal se encontraba así, curiosamente, en la mesa que sostenía el plato, en la comida y, un poco mas tarde, también en la cama del joven matrimonio. Mientras ella se complacía y soñaba con sus hermosos muebles, él soltaba un regüeldo de inocultable fórmula provenzal. La historia es ahor...