Una estación de servicio. Alguna vez debe haber sido de YPF y ahora solamente queda un enorme cartel con los colores de la marca, tratando de hacer creer a los automovilistas, a lo lejos, que podrán cargar combustibles en una estación de servicio oficial.
Pocos se detendrán por eso. Se dejarán engañar porque es la única en muchos kilómetros a la redonda y preferirán usar cualquier caldo escanciado por esas agrietadas mangueras que correr el riesgo de quedar sin nafta en el medio del páramo.
El pueblo está verdaderamente en un desierto. Un sitio caluroso, en el que no llueve, sin viento hasta que sopla un fuerte tornado. Cuatro cuadras por cuatro cuadras.
Pasé el otro día por allí, con el espíritu que provoca haber venido desde la zona de Neuquén por las rutas 151 y provincial 20, manejando mas de trescientos cincuenta kilómetros en un paisaje árido, tórrido, de sol implacable. La ruta 20 es famosa por sus rectas que hipnotizan y adormecen a los conductores. Las señales de tránsito, impedidas de anunciar inexistentes curvas o cruces de caminos se entretienen en recordar los peligros de dormirse, dar giros imprevistos de volante al salirse del pavimento, y de cuando en cuando exhiben algún automóvil destrozado con la leyenda: “Este se durmió”.
Mi vehículo disponía de aire acondicionado. Lo detuve junto a los surtidores que seguían intentando vanamente sugerir su pertenencia a YPF. Abrir la puerta y recibir un planchazo de calor me hizo sentir un modesto héroe poniendo el pecho a la adversidad.
-¿Hace siempre este calor? Pregunté imprudentemente al empleado de la estación de servicio YPF “El Engaño”.
-No siempre, dijo el aburrido nieto de Catriel. “Claro, estúpido. En invierno a veces hace mucho frío” me pareció intuir que se leía en sus ojos.
Todo estaba caliente. Pisos, paredes, el interior del local tipo autoservicio y bar en el que sobrevivía un estoico empleado. ¿Será muy cara la electricidad como para usar un aparato de aire acondicionado?
Fuí a mear al limpísimo baño en el que se encuentran instalados dos calefactores a gas, como para recordarme que el clima del desierto es así. Mucho frío o mucho calor. Nada de medias tintas.
En el trayecto, bajo un alero, estaban sentadas una vieja y una chica de unos diez o doce años. ¿Nieta y abuela? La actitud de las dos, quietecitas, tratando de evitar todo movimiento corporal que pudiera provocar mas calor, sugería esa relación familiar. Ya se tenían todo dicho.
Que la niña no tenía mas remedio, por su edad, que estar donde sus padres la hubieran llevado, ofrecía pocas dudas.
Pero ¿Qué hacía allí la vieja? ¿Se sentía feliz dirigiendo su vista hacia esa tierra pedregosa en la que no crece el pasto? ¿O hacia el campo sin árboles, con unos matorrales grisáceos feos e inútiles?
¿Cuál es la esperanza que la sostiene en ese lugar?
Porque todos tenemos alguna. Todos estamos a mitad camino entre algo que nos parece poco, desdeñable, pobre, feo, y algo mejor que lo que tenemos. En esa pequeña brecha algunos ven las ventajas y están generalmente a gusto o al menos no a disgusto, y otros miran solamente lo que falta, las ausencias y defectos, comparándolos con una realidad que piensan mejor.
Algo, sin embargo, los retiene. A diferencia de los conductores que cruzan esa ruta 143 para uno y otro lado y sólo se detienen para orinar o cargar la dudosa nafta, unos cuantos se quedan, día tras día, contemplando el espectáculo del monótono paisaje vacío y los vehículos a mas de 130 kilómetros por hora.
La vieja puede estar retenida por esa preadolescente. Quizás recaló hace muchos años, formó una familia y hoy sigue estando allí por la niña que, muy probablemente, en cuanto pueda volará.
Dejo a las dos en la misma posición en que las encontré cuando me dirigí al baño, subo al auto y llevo conmigo esa imagen.
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