Evoco esos muebles de puertas labradas, color pardo, sillones con apoyabrazos planos de madera y almohadones sueltos floreados, un poco pobretones, que estuvieron de moda en los años cincuenta del siglo pasado.
Entonces el matrimonio era un requisito no solamente para el sexo lícito sino para poseer un “juego”, que era una combinación de cama, mesas de luz y ropero o bien de mesa, sillas y sillones.
Los muebleros llamaban al estilo “Provenzal”, un toque de prestigio francés para trastos pagaderos en cuotas.
No sé si sucedía en otros lados, pero en Argentina también se motejaba como “provenzal” a la combinación de perejil y ajo picados, alma de la milanesa, nuestro plato nacional.
Lo provenzal se encontraba así, curiosamente, en la mesa que sostenía el plato, en la comida y, un poco mas tarde, también en la cama del joven matrimonio. Mientras ella se complacía y soñaba con sus hermosos muebles, él soltaba un regüeldo de inocultable fórmula provenzal.
La historia es ahora antigua. Las mujeres no sueñan con muebles provenzales ni de los otros, ya no preparan milanesas para sus maridos.
Sólo van quedando los eructos, provenzales y de los otros.
Comentarios
Publicar un comentario