Llegué un poco antes de la hora de salida del charter a la plaza Libertad. Ya se había hecho de noche en el invierno porteño. Hacía frío. La inmensa marea de autos hacia ambos sentidos de la avenida 9 de Julio semejaba un collar de luz. Hacia el lado del río se divisaban los aviones recién despegados del Aeroparque, con fuerte ruido de sus motores al ascender, girar y perderse de vista.
Había otras personas esperando lo mismo, en silencio y algo desperdigadas por la vereda de Cerrito. Siempre me ponen un poco sentimental esas madres con su hijito alzado, que a la mañana viajaron mas de una hora y ya de noche regresan a su casa del Gran Buenos Aires. Ella pasó todo el día en su trabajo y el niño en una guardería. Todo para sostenerse dentro de una clase media que es la que permite ingresos suficientes para evitar el horrible transporte público y pagar la combi con derecho a asiento y aire acondicionado cuando hace calor. ¿Todavía tendrá que preparar la comida al llegar a su casa?
Dirigí la mirada como siempre al edificio de la esquina de Marcelo T. de Alvear, diseñado por el arquitecto Ott, que tanto me gusta, y al severo y racionalista frente del teatro Coliseo.
Veo que se acerca un muchacho de campera, de pelo rubio. Los rubios no son peligrosos, seguramente me susurró mi inconsciente.
Se aproxima demasiado. Me pone algo duro y puntiagudo en la barriga.
-¡Dame todo lo que tenés Mauricio!
Me asusté mucho y no recuerdo bien si dijo Mauricio, o Mauro, o que se yo. Miré hacia los costados y parecía que todos los demás no veían ni oían nada. Posiblemente era así de verdad.
-Tranquilo, le respondo. La verdad es que solamente tengo cincuenta pesos. Ahora voy a poner la mano en el bolsillo para dártelos.
Saco el billete, y mientras se lo doy le digo.
-Pero mi nombre es Alejandro. No como dijiste.
-¿Como, no sos Mauricio? Pero... es un terrible error. Me dijeron... ¿Ud. no es Mauricio? Disculpe señor. Aquí tiene su dinero.
Lo tomé mientras volvía a su lugar ese objeto que nunca vi y salía rápido. Cruzó Cerrito y se perdió por alli.
Yo permanecí un rato asustado, sin poder ni querer comentarlo con nadie.
Llegó el charter, me subí y después de una hora llegamos a Ituzaingó.
Comentarios
Publicar un comentario