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EL ROSARIO MILAGROSO



Creo que fué en sexto grado. El último grado de la escuela primaria en 1963. Yo tendría unos trece o catorce años y se me había despertado una fuerte vocación religiosa. La vida de los sacerdotes del Colegio Don Bosco de Resistencia me parecía ideal.
No recuerdo si fué porque comenté eso a alguno de los curas o en premio a alguna buena acción que uno de ellos me regaló un rosario.
Era de cuentas de plástico, redondas. Cada misterio las tenía de un color diferente: verde, rosa, azul... y con una crucecita de metal plateado con el relieve de Jesucristo.
Una de esas calurosas tardes de Resistencia me dormí a la hora de la siesta con el rosario en la mano seguramente intentando rezarlo.
Me desperté de golpe con una sensación de quemazón. Abrí la mano y efectivamente tenía cuatro pequeñas ampollas en la palma de la mano, coincidentes con los extremos de la cruz del rosario.
La cruz a su vez presentaba cuatro manchitas blancas en sus puntas, como si fueran florcitas.
Un milagro, evidentemente. El señor me enviaba un mensaje confirmatorio de mi vocación sacerdotal.
Mi abuelo Pedro era el único que podría comprenderlo y a él me dirigí y le conté lo sucedido.
Miró la cruz. Su comentario fué descorazonador:
-Es de antimonio o un material semejante. Con el calor y la humedad de tu mano reacciona y produce mucho calor, como los calientaasientos de chasco. No creo que sea un milagro.
Me alivió un poco no haber sido seleccionado por el Señor para ser sacerdote, y haber sido en cambio víctima de un hecho científico demostrable.
Ese año todavía insistí un poco con ideas y propuestas de ingreso a un seminario o convento, ideas que fácilmente fueron demolidas por mi padre con sólidos argumentos relacionados con el placer de fumar o de mirar chicas. Nunca pude superar esas breves pero contundentes demostraciones de que mi vocación no era muy sólida.


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