Mi abuela yacía en la cama, pálida y tiesa. A su lado mi abuelo conservaba en su mano una jeringa de vidrio con una larga aguja con un poco de sangre en el extremo.
Creí notar en él un gesto de contrariedad rápidamente reprimido cuando me vio asomar a la puerta de la habitación. Enseguida me dijo: “Tu abuela murió. Mejor así”.
Se me antojó pensar que el abuelo le había inyectado algo para matarla. Como médico sabría cómo hacerlo y dispondría de las drogas apropiadas.
Esta idea vino con naturalidad y, ahora que analizo un poco lo sentido en aquél entonces creo que comprendí y compartí lo hecho por el abuelo. Si escarbo un poco en los recuerdos quizás encuentre que, dos años antes, también había muerto en nuestra casa un hermano de él, que, al igual que la abuela había sufrido una penosa agonía. Mi tío abuelo en los últimos meses antes de morir no podía respirar normalmente y vivía en una carpa de oxígeno instalada en su habitación.
Esa muerte anterior también me había resultado algo sorpresiva, pese al cuadro de la enfermedad.
De manera que en una de esas mi abuelo ya había decidido dentro de sí en dos oportunidades el punto final de estos seres queridos.
¿Serían los únicos? Es posible que este aprendizaje tuviera que ver con su profesión de médico. Toda su vida había ejercido en una provincia de calor aplastante, en la que había llegado a ser director del principal hospital. En aquella época escaseaban los antibióticos, todo se echaba a perder rápidamente por el calor y además de las numerosas pestes, era epidemia provincial las heridas y amputaciones por machetes y hachas. Zona boscosa, con numerosos obrajes madereros en los que regía solamente la ley de la selva, proveía diariamente al hospital heridos desesperantes, con los que muy poco se podía hacer.
El abuelo me contó que un día le habían traído, después de un viaje de varios días en carro y en tren a un hombre con todos los intestinos fuera, que llevaba en una palangana. Hubo que regresárselos al vientre y coserlo sin anestesia. El paciente, enterado de que le dolería, sólo pidió permiso para fumar y así lo hizo durante toda la operación.
Me resulta natural imaginar que mas de una vez habría sentido ese impulso de piedad como para poner punto final al desamparado dolor ajeno.
No puedo saber si estos pensamientos de mi temprana adolescencia me corrompieron el sentido moral. Lo cierto es que nunca pude sentir mas que horror frente a la crueldad burocrática de quienes se toman el derecho de criticar decisiones así.
En mi caso percibí dos cosas destacables en la conducta del abuelo. Por un lado el reconocimiento de que él estaba solo y tenía que hacer algo que a nadie podía consultar y, por otro, que el sufrimiento ajeno no le resultaba tolerable.
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