Subió al taxi en la estación Retiro. Se lo veía pobremente vestido, casi un indigente.
Ni bien se sentó, antes de que yo pusiera a andar el reloj me preguntó cuánto costaría el viaje hasta el Hospital de Niños.
Le dije la cantidad aproximada.
-Vamos, entonces, por favor. Me respondió.
Durante la marcha me dí cuenta enseguida que no conocía mucho de la ciudad. Miraba a un lado y a otro como queriendo retener en su memoria los edificios, las calles y las plazas.
-Disculpe, me preguntó luego de algunos minutos. ¿Este recorrido lo hace algún colectivo? Es que voy a tener que venir seguido y el taxi me sale un poco caro.
-Si, le contesté. Puede tomar el 92 que lo deja bien.
-Ah. Gracias. Será mejor el colectivo la próxima vez. ¿Sabe? Tengo un hijo que está internado en hospital.
Tenía ganas de contarme. Eso se notaba enseguida. Y comenzó a contarme que vivian en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, bastante lejos, y que venía para verlo. Mientras hablaba, sin que el se diera cuenta apagué el reloj del taxi.
Cuando llegamos a la puerta del hospital me preguntó.
-¿Cuanto le debo señor?
-Nada, le respondí.
-Pe...pero ¿Por qué? Este es su trabajo. Usted vive de esto.
-Mire, le dije. Usted no tiene nada que ver. Es una cosa entre el pibe y yo. Quiero darle un paquete de caramelos, pero para comerlos tiene que estar sano. Cuando se cure cómprele unos caramelos y dígale que son de parte de un taxista de Buenos Aires.
-La verdad, muchas gracias, dijo el hombre y se bajó.
Vi como caminaba hasta la puerta del hospital, subía la escalinata y se perdía dentro del enorme edificio.
Pasaron muchos años. Yo como siempre trabajando arriba de mi taxi.
Una noche, yendo por la avenida Gaona, casi al llegar a Espinosa, veo una enorme iglesia y enfrente un bar abierto.
Estaba bastante fresco, casi frío, y me dieron ganas de tomar un café con leche y aprovechar para ir al baño.
Estacioné el auto sobre Gaona, entré al bar, me senté frente a una mesa al lado de la ventana y pedí un café con leche al mozo.
Mientras lo preparaban fuí hasta el baño, volví, me senté y me lo trajeron. Humeaba, daban ganas de sostener la taza con las dos manos para calentarlas un poco.
Estaba alzando la taza y siento en el hombro una mano que se apoya.
Mi primer pensamiento fué el de sentirme en peligro. Giré la cabeza y ví a un desconocido.
-¿Si? le dije ¿Lo conozco?.
-Yo soy el de los caramelos, dijo el hombre. Quería decirle que ya se los di al pibe y que te da las gracias.
Me había olvidado por completo pero al oirlo lo recordé.
¿Sabe señor? Yo no cobro los viajes de apuro a los hospitales. Es cosa mía. Cosa de un taxista de Buenos Aires.
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