El viaje en taxi iba a ser bastante largo. Ida desde Plaza Lavalle hasta la desconocida localidad de Piñeyro, cruzando el Riachuelo. Hacía mucho calor y la mañana era extraordinariamente luminosa. Después de hacer la diligencia que me llevaba a ese barrio el plan era volver en el mismo taxi. Yo iba con la incomodidad de ánimo de salir en horas de trabajo. Aunque formaba parte de mi tarea ir a visitar a una persona mentalmente incapacitada en su casa, siempre me pasa que temo que conmigo fuera del juzgado nadie sea capaz de resolver nada y que a mi regreso se haya producido alguna hecatombe. Por supuesto que es una apreciación totalmente falsa. Nadie me necesita demasiado y soy fácilmente reemplazable.
El taxi era espacioso, con aire acondicionado y limpio. Uno de esos Spin que me resultan tan cómodos. Su conductor tenía todo el formato físico de un negro africano. Labios gruesos, cráneo redondeado, nariz aplanada. Pero la piel era completamente blanca. Seguramente un mix genético con algún antepasado venido en un jaulón en la bodega de un barco negrero y otro viajado en un barco de inmigrantes, quizás éste con la ventaja de ver de vez en cuando la luz del sol.
Aquí esos ancestros se habrían encontrado, muy probablemente se enamoraron, pero en todo caso, aunque no mediara el amor engendraron a este argentino que se mostró de entrada dispuesto a contarme su historia, mezclada con la interpretación de lo vivido.
Ël no tenía muy claro cómo llegar al destino, y disimuladamente consultaba un GPS que había colocado debajo del velocímetro, como si creyese un poco pecaminoso hacerlo. Luego me confesaría que le costaba interpretarlo pese a todas las indicaciones de su hijo y que además era un aparato muy viejo que daba las indicaciones con retraso.
-¿Sabe? Yo ni siquiera terminé la escuela primaria. Siempre fuí muy bruto. Nada me entra y solamente serví para colectivero y ahora taxista.
Miró por el espejito retrovisor y debe haber percibido que yo estaba dispuesto a escucharlo.
-Me fuí de mi casa a los ocho años. Si fuera hoy seguramente andaría mezclado con las drogas y el paco, mas bruto todavía, pero en esa época un chico no corría tanto peligro. Me empleé en un taller mecánico para lavar las herramientas y cebar mate. Yo miraba todo tratando de aprender, pero el dueño no me enseñaba nada. No me decía que me fuera pero tampoco me llevaba el apunte. Me fuí de ahí al poco tiempo.
Fuí creciendo a los saltos. No me quiero acordar de todo, aunque me acuerdo. A veces les cuento partes de mi vida a mis hijos y me miran como si estuvieran escuchando a un marciano. Me hacen arrepentir de estar hablando de eso.
Un día conocí a la mujer maravillosa que hoy sigue siendo mi mujer. Con ella discutimos muchísimo, como chicos, pero no consigo dormirme a la noche si no pude darle un beso, y a la mañana lo mismo. No podría salir a trabajar sin verla.
Cuando ella estaba esperando nuestro primer hijo me quedé sin trabajo. ¿Se imagina? ¿Qué íbamos a hacer? Le pedí a un amigo, colectivero de la 104 Liniers-Once si me podía conseguir un puesto. Yo nunca había manejado un colectivo más que por una vuelta que me había hecho dar ese amigo como para mostrarme lo mas básico.
Me citó en la empresa. Nos encontramos en la puerta. El entró y pasaba el tiempo y no venía a buscarme. Una hora, hora y media. Los colectivos entraban y salían de la playa, uno atrás de otro. Después me contó que cuando había entrado a la oficina le ordenaron salir inmediatamente a hacer un viaje y no había podido avisarme.
Mientras esperaba vi entrar a uno a la oficina y le pregunté si era de la empresa. “Si, pero no estamos tomando gente ahora”, me dijo. Medio desesperado me animé y le conté que estaba sin trabajo, con mi mujer esperando, que me estaban manteniendo mis suegros.
“Pasá a ver que puedo hacer”. Me puso delante de un español, hombre educado y correcto al que le conté mi situación.
“A usté lo voy a sacar colectivero de los buenos” dijo el gallego.
Me puso a hacer pruebas por la playa con un colectivo durante un mes. Al mes me hizo salir a la calle a hacer el recorrido sin pasajeros para poder conocer bien las paradas.
Mi amigo me enseñaba la filosofía del laburo: “vos no sos piloto de carreras. Llevás gente. Andá siempre tranquilo. Buenos días, buenos días, buenas tardes, buenas tardes. Te vas siempre por el carril de la derecha y a lo sumo por el del medio. Nunca a la izquierda porque no podrás volver a la parada sin molestar.”
Yo le hice caso. El trabajo era complicado porque los horarios eran de la época en que había pocos autos y casi nada de semáforos y ahora yo tenía 8 minutos para hacer un montón de cuadras. Después cambiaron un poco eso.
Había que cortar boletos, cobrar, dar cambio. Todo sin caja automática. Ahora con la SUBE todo es mas fácil. Lo que no se es como hacen con los accidentes, porque el boleto era su comprobante de seguro, pero la tarjeta todos la prestan y la mitad de los que figuran viajando en el colectivo ahora están en sus casas o se murieron, no sé.
La línea 104 estaba muy quebrada y yo no lo sabía. Hubo épocas muy malas. Después pasé a la 7 que era excelente al principio pero también la fundieron unos malandras que la administraron.
A esta altura del relato creo que apenas habíamos cruzado el puente Pueyrredón y encarado la avenida Hipólito Yrigoyen, a quien todos conocen como Pavón, su antiguo nombre.
Al principio el barrio era parecido a muchos otros del Gran Buenos Aires. Pasamos por una plaza bastante bien cuidada, luego por una avenida con palmeras transplantadas, según el gusto actual de muchos intendentes.
-Hasta acá conozco, continuó el taxista. Frente a la plaza hay una sala de grabación chiquita donde viene mi hijo mayor, de veinte, que es músico.
-¿Que onda toca? pregunto. No porque me interesara sino porque sentí que algo correspondía preguntar.
-Una banda de fusión. Eso que es un poco de rock, tango, folklore. A mi no me gusta demasiado. Prefiero el rock nacional. Pero suenan bien. El conjunto está contratado por un abogado que es también el jefe de él. Se las da de productor, me parece que porque tiene que lavar un poco de dinero que no puede justificar. De paso organiza y ayuda a los chicos y a ellos les viene bien. Tocan, que es lo que les gusta, económicamente no ganan nada pero tampoco pierden. Salen hechos. Tienen una cantante. Lástima que ahora que les salió una gira a no se que país de Europa la cantante no los quiere acompañar y por eso creo que no podrán ir. Mi hijo toca música y le hace diligencias al abogado. Cuando yo quedé en la calle y tenía ocho años me tuve que arreglar solo. Este chico mío cuando empezó con el abogado no sabía qué colectivo había que tomar para ir a ningún lado. Todo el tiempo me preguntaba “Papá que tomo para ir a Almagro, qué tomo para Caseros”. Estos jóvenes tienen todo resuelto.
Habíamos dejado ese barrio de casas bajas. Entramos a una zona que me provocaba cierta melancolía a pesar del espléndido sol de diciembre. Había inmensas fábricas abandonadas, de esas que hacen recordar la industrialización de los años 50 del siglo pasado. Bordeábamos la costa sur del Riachuelo. Parece haber sido corregida hace poco tiempo con un talud y una avenida recién hecha por la que nadie circula y al otro lado del agua se ven inmensos barrios de casillas de ladrillos sin revocar. Las construcciones ya van llegando a los cuatro o cinco pisos gracias a la permisividad del gobierno de la ciudad. Detesto a Rodríguez Larreta que se hace el popular y permite que un grupo de avivados -pobres pero avivados- construyan en terrenos ajenos y no cumplan ningunas de las reglamentaciones, como si esas leyes fueran para ser exigidas solamente a una parte de la población, de la que me siento parte, denominada “clase de los boludos”.
El GPS del camerunés albino tenía en mente un recorrido distinto del que yo había visto en el plano, pero me pareció que no nos alejábamos demasiado y por eso no dije nada. Tampoco teníamos a esa altura otra alternativa que seguir bordeando el Riachuelo porque no se veía a la izquierda ninguna calle como para ir en dirección a la que yo buscaba. Fábricas y mas fábricas, una al lado de otra. Alguna recientemente remodelada y aparentemente funcionando, como la SIAM.
Finalmente apareció la esperada calle transversal y caimos casi justo a la altura de la que era mi destino. Estábamos en un barrio de casitas bajas, tipo PH o chorizo, feísimas, pobres, aunque en general sin basuras a la vista. Cada uno de los dueños de esas casas parecía tener una idea diferente de la del vecino sobre cuál era la altura de la vereda que correspondía. Por eso se veían incómodos escalones de subida y de bajada entre casa y casa. Tampoco coincidían en el estilo del arbolado. Un naranjo, al lado dos ligustremias, más adelante un fresnito.
Como me interesa hablar del chofer de taxi no contaré a qué tuve que ir allí ni la escena con la que hube de encontrarme dentro de la casa. Pero cuando salí, al cabo de una media hora, tenía en mi mente tremendas ideas sobre la injusticia, argumentos varios para mi teoría de que si Dios existe es un verdadero perverso y otras por el estilo. Ni el esplendoroso sol del mediodía podía compensar un poco esa negrura.
Abordé el taxi y pronto estuvimos volviendo.
“Que siestita me dormí”, dijo el tachero. Puedo dormir en todas partes. Con media hora me alcanza y estoy como nuevo. Al mediodía vuelvo a mi casa. En el camino compro algo para comer para mí y mi señora. Ella me espera en la esquina de avenida Sáenz y Caseros, la subo acá al lad mío, vamos a casa, comemos, duermo un poquito y estoy listo. ¿Sabe? en Japón -¿o sería Corea?- descubrieron que los empleados rinden mucho mas si se los dejan echar un sueñito después del almuerzo. Ellos son muy avanzados. Dejan que todos duerman ese poco y a la tarde tienen todas las antenas alertas.
El tránsito de regreso por la avenida 9 de Julio se hacía sumamente lento. Después de avanzar muy despacio varias cuadras descubrimos que se había formado un piquete de veinte o treinta personas que con la colaboración de la policía entorpecían como si fueran mil, frente al edificio Del Plata. Por su aspecto desencantado y la escasa convicción que ponían en la representación seguramente eran contratados. Esa modalidad de protesta que se nutre de individuos que ponen su presencia a cambio de transporte, refrigerio y un poco de dinero. Hoy tienen la camiseta del sindicato de la construcción, mañana serán supuestos desalojados, hinchas de un club de fútbol o enfermos de SIDA. Supongo que también podrían participar de la ópera Aida con Radamés retornando vencedor. El que los contrata extorsiona así a las autoridades, que negocian directamente con él algo de dinero que le permite sacar a la gente de allí, pagarles y hacer una diferencia a su favor.
-Cómo joden, fué el comentario del chofer, que seguramente, como buen taxista, se consideraba parte de la clase de los boludos, como yo. ¿Por qué no irán a laburar?
-Me parece que eso están haciendo, le contesté. Su trabajo es molestar, prestar el cuerpo y a cambio reciben algo que los conforma. Lástima que en eso se les va la dignidad. Tenés que ser pobre de verdad o muy perezoso o tonto para venderte así.
-Verdad, dijo. Lo único que no negocio es mi dignidad y trato de enseñar eso a mis hijos.
Para ese entonces habíamos sorteado al grupo de indignos y podíamos encarar hacia la derecha para tomar por Lavalle hacia la plaza.
-Bueno, ya casi llegamos. ¿Quiere ticket?
-Si, tengo que rendir cuentas, le respondí mientras abría la puerta. Muchas gracias, felicidades y saludos a su señora.
-Gracias, que termine bien el día.
No necesité cerrar la puerta porque en la vereda ya estaba dispuesta a tomar el taxi una chica muy apurada, que agradeció distraída, subió y se ocupó ella de cerrar.
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