Jueves 28 de marzo de 2013
Murió Manuel García Ferré. Creador de Pi Pío, Neurus, Oaky, la Bruja Cachavacha, Hijitus, Larguirucho. Tantos personajes que me acompañan desde que aprendí a leer.
Disfrutar despacito, con el ritmo lento de las primeras lecturas letra por letra esa hoja del Billiken en las que aparecía el brillante Calculín con su pelo en forma de hojas de libro, el valiente Pi Pio, su caballo Ovidio que hablaba, caminaba en dos patas y participaba de todas las aventuras, fué algo imborrable. Tiempos en los que me sumergía y trasladaba creo que de manera real a esa comarca salida de la mente de García Ferré. Era un pequeño pueblo del Oeste en el que habían indios y vaqueros, pero también vivían mujeres muy parecidas a nuestras madres, perros y gatos como los que veíamos en casa. Un poco de esa vieja Argentina mezclada con los personajes que nos mostraba el cine norteamericano en las pantallas de los cines a los que entrábamos con sol y salíamos con la noche sin habernos dado cuenta del paso de cinco o seis horas.
García Ferré no estuvo solo. Fueron unos años, que no se muy bien si comenzaron a principios del siglo veinte con los primeros dibujos e historias pero que ahora seguro terminaron, quizás junto a ese siglo, en los que muchos dibujantes se confabularon para llenar el mundo de personajes que nos dijeron casi en secreto, sin meterse en política, desdeñando la solemnidad y los dicursos, muchas de las cosas buenas que podemos haber recibido. Escondidos detrás de Pelopincho y Cachirula, disfrutando disfrazados de Don Nicola o Lupin, usando la voz de Porky o Bugs Bunny trasmitieron filosofía, humor, ironía, temores, en suma condimentos que nos permitieron vivir menos trágicamente las realidades y nos prestaron mundos para ir a caminar por un ratito. Inventaron escenografías en las que cualquiera podía reconocer a Marte sin necesidad de la NASA, de cavernas primitivas o mundos subterráneos.
García Ferré y todos los otros tienen el mismo valor que Dalí, el Bosco o De Chirico. Pudieron sacarnos del barro cotidiano levantándonos suavemente, sin estridencias, con el recurso simple de estar allí a mano, a la mano de un niño, haciéndole olvidar si sus padres discuten, si la última comida fué un plato de fideos con aceite, si esa noche hubo que agregar unos diarios a la cobija para no tener frío en la cama.
Amo y admiro a los artistas. Cada vez que desaparece uno me siento solo.
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