Alicia oyó los pasos que se acercaban. No podía ser otro que Fernando.
-Mamá.
Giró la cabeza. Vio al hijo de veinticinco años vestido con la remera de los Redonditos de Ricota que usaba de piyama y en calzoncillos. Temblaba un poco y estaba muy serio.
-De nuevo la luz de mi cuarto apareció encendida cuando me desperté.
-¿Otra vez? ¿No te la habrás olvidado vos?
-No. Estoy bastante seguro. Desde el otro día que pasó eso me fijo bien cuando la apago.
“Lo único que me faltaba de este inútil es que sea sonámbulo” pensó Alicia.
-Bueno, hijo. Vení, sentate y te preparo el Nesquik.
Fué a la cocina, lo preparó y lo trajo.
-Son cosas que suceden. Le voy a pedir a mi amiga, esa que maneja el péndulo que venga a inspeccionar si hay algo raro en la casa.
-¿Qué péndulo?
-Creía que me habías oído cuando se lo conté a tu papá. Una compañera mía de la oficina puede saber si hay espíritus o malas ondas en una casa con una piedra que tiene. Se mueve para un lado o para otro según que la energía sea buena o sea mala.
-¿Tu amiga?
-No. La piedra. Pero por favor decime qué es lo que viste en tu cuarto.
-Como una sombra. Baja. Parecía un chico.
-Mejor le digo que venga pronto. ¿O te parece mejor un cura que bendiga la casa?
Alicia se ajustó la bata, como si tuviera frío. Fernando no dijo nada. Fijó la vista en el piso de la cocina. El suelo presentaba una zanja que lo atravesaba de lado a lado, con un caño grueso de plástico en su interior. Se notaba el reflejo de la luz del sol por el extremo que daba al patio.
-¿Cuándo terminan el arreglo?
-Tienen que dejar que se seque la cama de cemento me dijeron. Mañana o pasado.
-¿No podrán entrar ratones por ahí?
-Tenemos el gato. No creo que los deje, dijo distraída. Volvió a fijar la vista en su hijo.
-¿Qué planes tenés para hoy?
Alicia estaba segura de que no tenía ninguno, aunque seguramente le diría algo relacionado con su búsqueda eterna de trabajo.
-Voy a hablar con el padre de una amiga mía que está abriendo un bar en Palermo Viejo. Me dijo que necesitaba gente.
Al día siguiente llegó Griselda, la del colgante. Alicia había buscado para invitarla el único momento del día en que Fernando solía salir a hacer una caminata. No quería a su hijo dando vueltas por ahí, preguntando y poniéndose en evidencia.
Griselda sacó de su cartera un envoltorio de pana color azul, lo puso sobre una mesa baja y con cuidado desplegó el género. Dentro había una piedra simple, algo así como un canto rodado, sujetado por un lazo negro.
-¿Probamos? dijo. Tenemos que empezar con un objeto que represente una historia que vos sepas, para que puedas comprobar si estoy acertada en lo que veo y yo también.
Alicia le mostró una foto sobre el aparador. Una pareja de un hombre y una mujer de unos sesenta años. El la toma de la cintura. Griselda acercó el péndulo, sostenido con la mano dererecha y los dedos pulgar e índice. La piedra comenzó a dar giros lentos hacia la derecha, a un ritmo parejo y constante.
-Es un matrimonio. Tuvieron tres o cuatro hijos. Actualmente no están vivos. Algo les sucedió a los dos juntos. Fueron buenos padres. El se esforzó mucho por su familia. Hay aquí buenas ondas porque la piedra gira hacia la derecha y lentamente.
-Increíble que puedas ver eso, dijo Alicia. Eran mis padres. Se querían mucho. Murieron juntos en un accidente de tránsito.
-Entonces estoy en línea, dijo Griselda. Vamos a probar distintos lugares de la casa.
Comenzó a caminar despacio, sosteniendo el colgante. Se detenía de cuando en cuando frente a algún objeto significativo: casi siempre retratos. El resultado era semejante al de la primera experiencia. Giros lentos hacia la derecha. Griselda explicó que eso simbolizaba armonía y paz, ausencia de malos espíritus.
-Vamos por la escalera a las habitaciones de arriba, dijo Griselda.
La escalera, en forma de ángulo tenía un pequeño descanso entre los dos tramos. Bastó que pusiera un pie en ese lugar para que la piedra iniciara unos pequeños saltos y virara hacia la izquierda.
-No soy yo, aclaró Griselda. ¿Querés probar sosteniéndola vos?
-Es que no me animo. respondió Alicia.
En silencio siguieron subiendo, acompañados de los raros vaivenes del dispositivo. Alicia se mantuvo detrás mientras Griselda entraba y salía de las habitaciones. En cuanto ingresó a la de Fernando el giro a la izquierda se convirtió en un vaivén de lado a lado.
-Acá hay una presencia.
-¿Qué puede ser?
-Eso no lo veo. Por la altura parece un niño. Sufre mucho.
-¿Pero podrá encender la luz como la encuentra Fernando?
- Puede ser que se sienta solo y asustado y necesite luz.
-¿Qué hago?
-Yo solamente puedo decirte lo que veo. No tengo ninguna forma de cambiar nada. Te aconsejo que busques una persona espiritual.
-¿Un sacerdote?
-Si, puede ser.
Dos días más tarde salió de la cocina Elida, la mucama.
-Señora. Vi algo.
-¿Que viste? ¿Dónde?
-Flotaba sobre la zanjita que hicieron los plomeros. Era un chico. O una chica. Señora. Estoy muy asustada.
-Elida, No te dije nada pero ya lo sabía. Fernando también lo vio en su cuarto y una amiga mía que tiene poderes vino a casa y dijo que alguna presencia había.
-Pero ¿Qué va a hacer? Disculpe pero yo no puedo trabajar así.
-Va a venir hoy a la tarde un sacerdote que me recomendaron.
A eso de las cinco de la tarde vino el padre Roberto. Alicia no lo conocía porque era nuevo en la parroquia del barrio. Bastante joven, con anteojos y aspecto intelectual traía un manoseado libro de oraciones, una tira de género verde y un estuche.
-Hola, como puede ver yo soy el cura.
-Si. Muchísimas gracias por venir. Es que necesito que bendiga la casa. Dos personas vieron como una aparición.
-¿La sintieron como buena o mala?
-Se asustaron.
-Entonces no es mala. Se hubieran dado cuenta. Debe ser un alma que busca descansar.
-Pero, ¿se puede pedir que no venga mas?
-Si, si. Tengo que usar las palabras para las almas buenas. Es diferente que si se tratara de un demonio. Es mi trabajo.
Buscó en una zona del librito que tenía señalada.
-¿Es necesario que lo dejen solo? En ese caso me voy y le aviso a mi hijo que suele llegar a esta hora.
-No hace falta. Es mejor que podamos rezar juntos.
Se oyó la cerradura de la puerta y apareció Fernando en jogging y zapatillas.
-Perdón. Llegué demasiado temprano. Creía que ya habrían terminado con eso.
-Te presento al padre Roberto, Fernando. El nos va a ayudar.
-Gracias. Mucho gusto.
El padre Roberto se colocó la banda de género sobre el cuello después de besarla y sacó del estuche un frasco con agua bendita.
Comenzó a leer una oración en la que pedía a Dios que diera paz a cualquier espíritu que estuviera en la casa y no pudiera encontrarla. Caminó toda la casa seguido por madre e hijo y en cada ambiente roció un poco del agua directamente del frasquito, mientras continuaba con sus oraciones.
Cuando terminó su recorrido el sacerdote bajó al living.
-¿Café, té, mate? ofreció Alicia.
-Tomaría un café, gracias. Como decimos los curas, después de la mística un poco de mástica.
Alicia fué a la cocina sin reconocer el chiste.
-¿Vos podrías describirme qué es lo que viste? dijo el cura a Fernando cuando estuvieron solos.
-¿Usted oyó hablar de los hologramas? algo así.
-Eso es lo que dicen casi todos los que vieron apariciones. Creemos que son almas que por alguna razón están conectadas, que dependen de la casa.
-¿Se va a ir?
-Tenemos fe en que sí, que hemos hecho algo en su favor.
Alicia volvió con dos cafés, unas galletitas y un vaso de cacao para su hijo. La conversación fué hacia temas generales hasta que el sacerdote se despidió.
Madre e hijo, una vez solos, se sentaron en el living frente a frente.
-Espero que ahora pueda haber serenidad en la casa, dijo Alicia. Y que puedas conseguir el trabajo que buscás.
-Para mi todo esto es verso, dijo Fernando. Yo no creo más en Dios. No sé qué me pasó.
-Pero vos mismo lo viste, dijo Alicia, alejando la espalda del respaldo.
-Si mamá, pero yo estoy loco.
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