Demasiados deciden en mi nombre sin consultarme. Y para hacer eso me cobran sus sueldos, me imponen sus propios intereses y prioridades y hasta sus ideas sobre cuestiones tan íntimas como lo que está bien o mal en mi familia.
Algunos son concejales, alcaldes o intendentes. Otros legisladores, diputados, senadores, presidentes o jefes de gobierno, o gobernadores.
Hasta aquí tengo ciertas posibilidades de saber qué es lo que dijeron (no lo que dirán ni sus verdaderos pensamientos, que sólo podré conocer mas adelante).
Así puedo, en un esfuerzo que me es multiplicado por la propaganda engañosa y por las escasas opciones, hacer algo que tiene alguna semejanza con elegir a alguno.
Pero ahora se han creado cuerpos de funcionarios, cuyos nombres casi no conozco, que no sé bien quiénes son, que forman un conjunto que parece darle órdenes a esos tipos que yo conocía poco y mal.
Lo que es seguro es que cobrarán sueldos que yo de algún modo tendré que pagar, que jamás me consultarán para absolutamente nada, pero que tendré que cumplir con lo que se les ocurra.
No podré ni conocerlos ni removerlos. Mi opinión no contará ni siquiera a la hora de conseguir mi voto.
Prefiero un rey contante y sonante. Gordo o flaco, estúpido o malvado, débil mental o genio, conservador o progresista.
Seguramente no le importaré y seguramente tendré que aguantarme lo que se le ocurra hacerme, pero es al menos mas fácil de entender.
Con esos tipos que actúan en la estratósfera no me entiendo. Déjenme sufrir con el que conozco.
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