Me pidió mi hijo Tomás que contara la historia del inodoro del departamento de la calle Montevideo.
Hasta ahora nunca me había reclamado que escribiera sobre cosa alguna, y menos aún proponiendo directamente el tema. Quizás sea por esto que me siento un poco comprometido a hacerlo.
Si me sugiere escribir tendré asegurado al menos un lector, bastante mas de los que obtienen otros relatos míos. Quizás me anima el desafío que no enfrento desde el colegio primario, ese de componer algo sobre un tema preestablecido. Claro que por ese entonces nadie le pedía a un niño que el tema fuera “El Inodoro”, sino que estaba mas al uso “La Vaca”, o “Mi Bandera”.
Cualquiera sea la razón, tengo que acometer la tarea.
En el departamento que alquilamos con Diana desde hace un par de años sobre la calle Montevideo, frente a la plaza Vicente López, hay tres baños. En dos de ellos el inodoro opera con el sistema de palanca. Creo que las marcas mas conocidas son Flussometer o Sloan.
Son de esos artilugios con aspecto de bomba náutica de achique. Con curvas, enormes tuercas, sombreretes inexplicables, giros repentinos a noventa grados y la infaltable palanquita que consigue su cometido ya sea que se la pivotee hacia arriba, hacia abajo o a cualquiera de los costados.
Tienen el aspecto mas pasivo e indiferente que uno pueda imaginar. Como lo hace una araña a un costado de su tela aguardan que alguien vaya y toque la pequeña leva para producir inmediatamente una modesta catarata de agua que recorrerá los bordes interiores del inodoro y llevará consigo lo que algún humano haya depositado allí por fuerza de la naturaleza.
Esa espera forma parte de su destino, como para la araña.
O, al menos, es lo que sucede en la mayor parte de tales artilugios.
El que se encuentra instalado en el inodoro del baño Sur Oeste viene mostrando conductas atípicas que no hemos podido conjurar con ninguno de los métodos tradicionales y que han llegado hasta a inquietarlo a Tomás. Creo que me ha insistido en el cuento en un esfuerzo exorcista, casi bíblico, de romper el hechizo poniendo en palabras una oscura desazón.
Todo comenzó un día, porque debo señalar que hubo una feliz época en que ese inodoro funcionaba rutinariamente. Se repetía la melodía conocida de jalar la palanqueta, oir el intenso fluir de agua y el cese repentino, seguido del gran trago final del inodoro, mostrándonos nuevamente el cándido brillo del blanco, recuperado de la inocencia transitoriamente mancillada.
La primera vez fué sorprendente. Cuando se esperaba la detención del agua, luego del lavado habitual, se produjo una repentina explosión, seguida de otras de menor intensidad. Golpes intensos de agua que salplicaron el asiento, y llegaron hasta el suelo.
Repuesto de mi inicial alarma verifiqué que lo repartido fuera sólo agua y pude comprobar aliviado que por esta vez había sido así. La experiencia me ha dejado, sin embargo un desasosiego que creo me acompañará hasta el fin de mis días cuando deba enfrentarme a un inodoro de palanca.
Accioné por segunda vez el mecanismo para comprobar, como debí imaginarme, que el fluir resultaba de la vulgaridad consabida.
Desde ese día mi atención está centrada en adivinar -sin éxito alguno hasta ahora- qué hará ese artefacto esta vez.
Durante unos días se comporta trivialmente. Esto sucede de modo especial cuando adivina (al menos eso creo) que estoy estudiando su forma de actuar. Cuando me aburro y creo que se trató de un mal sueño, nuevamente explota dos o tres veces seguidas para tornar a la calma chicha de los inodoros.
Por supuesto que llegué a pensar que estaba descompuesto y que por lo tanto se necesitaba la visita del especialista.
Una tarde se produjo la llegada de este importante hombre. Alto, con una incipente calva, vestido con camisa y pantalón del mismo color, zapatones reforzados. Nos condujo frente al inodoro y, mientras lo contemplaba con indisimulada fruición escuchaba con apecto de médico o confesor nuestras deshilachadas explicaciones.
Las miradas de soslayo nos iban demostrando que no estábamos acertando en nada. El relato resultaba infantil, ilógico. No parecía verosimil y la autoridad presente no parecía aceptarlo. Comenzamos a sentir gotas de transpiración, la voz se cerraba en la garganta hasta salir en forma de queja o chillido, por momentos inaudible, en otros inaceptablemente vociferante.
Concluído el balbuceo el comandante de inodoros inició un acercamiento. Estudiado, lento. Sin movimientos innecesarios. Como un cirujano presto a la incisión.
Nosotros temblamos. ¡Por favor el estallido! ¡Aunque mas no fuera un poco!
Sólo usó el índice para bajar el metal con la suavidad y armonía de un pas de deux de Julio Bocca.
El agua fluyó parejita, abundante. Oportunamente deglutida por la taza, frenó su impulso sin que ni una gotita de más apareciera por allí.
El hombre nos miró fijo. Volvió a accionar el ingenio, que nuevamente respondió del mismo modo, y así demasiadas veces.
La mirada se posó nuevamente en nosotros. Era el hielo de la mirada de un Torquemada.
Con articulación lenta, como dirigiéndose a dos orates nos dijo: “A mi no me sucedido nada anormal. No puedo cargar al consorcio con el costo de una reparación que no veo necesaria. Llámenme si se repite lo que ustedes dicen”.
El tono de ese “ustedes dicen” marcó claramente el contraste con el “a mi no me ha sucedido”.
Yo estoy sano y ustedes inventan, fabulan, deliran.
Rápidamente firmamos sin leer un papel que nos presentó. Probablemente haya sido una confesión espontánea de culpabilidad, pero no podíamos esperar para encontrarnos solos nuevamente y agradecer que ni siquiera hubiéramos sido detenidos.
El desquite del inodoro no se hizo esperar.
Esa misma noche, a eso de las dos de la madrugada, dormíamos. Todo rumor había desaparecido. Ni siquiera un poco de brisa para agitar las persianas. O algún auto de la policía haciendo que perseguía algún ladrón y en realidad alertándolo de su presencia. Nada.
Creo que habíamos superado el primer sueño. Ese cuyo argumento y escenografía no recordaremos jamás y que arreglará secretas cuentas con nuestro inconsciente de modo sutil y cuidadoso, para que podamos continuar viviendo al despertarnos sin percibir la ayuda. Es mas, creyéndonos verdaderamente concientes, libres y poderosos.
De pronto, un sonido desconocido invade esa quietud y destruye la calma. Difícil de identificar al principio, me despertó. No a Diana que duerme con cosas en los oídos que la han salvado de varios sustos así.
El origen era ese baño sud oeste. Alguien había accionado el inodoro. Pero no podía ser. Estábamos solos en la casa.
Me levanté muy atemorizado y pude llegar para ver los últimos hilos de agua corriendo.
Recorrí la casa, comprobé que nadie mas que nosotros había.
El inodoro se vengaba.
Desde esa noche, ya varias veces lleva repetido su pequeño y atemorizante número. No hay un patrón establecido, puesto que puede suceder a cualquier hora de la noche.
Por supuesto que en esta ocasión no llamaremos a ningún experto. No hay nadie que trabaje de noche en estas cosas, y menos que acepte quedarse sentado, en vela, aguardando el estampido acuático. Tampoco creemos que el inodoro repita jamás su rutina frente a testigos.
Lo que busca es molestarnos a nosotros. ¿Querrá desalojarnos? ¿Podremos rescindir el contrato alegando como causa un inodoro intempestivo?
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