La vi venir por la vereda de Juncal -esa curva en la que Juncal se une con Arenales- casi llegando a Paraná.
Una señora de mas de cincuenta, llevando un cochecito de bebé a pasear por la plaza Vicente López.
Me imaginé una abuela con su nieto.
Sin que pudiera oír lo que decía, era evidente que estaba manteniendo uno de esos soliloquios habituales cuando se pasea un perro o un niño pequeño.
Quizás: “Ahora estás mas fresquita, con este vientito”. “Mirá la nena como anda en su monopatín”. “Ya viene el babau”.
El bebe estaba quietecito, con los ojos muy abiertos. Con un extraño pelo enhiesto que no cedía a la brisa.
Demasiado quieto.
Cuando se acercó lo suficiente ví que era una muñeca. Enorme, del tamaño de un niño de ocho meses, con las mejillas fuertemente pasadas de rubor, los labios pintados y una terrorífica expresión de insania. Una muñeca loca.
La señora continuaba su paseo actuando con total naturalidad. Su salud mental se apreciaba mas al ver el rostro de ese clon de Chucky que a juzgar el de su dueña, perfectamente natural en su papel de abuelita.
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