El sexo sin amor no es sexo, dice la canción. El sexo sin amor no es amor, dice el sacerdote.
España sin Cataluña no es España. Pero Cataluña sin España, tampoco es Cataluña.
¿Y a mi que me va de todo esto? ¿Que tengo yo de amor, de sexo, de España o de Cataluña?
Cuando hablás de un “todo” no estás hablando de nada.
Porque fácilmente podríamos comprobar que ni España, ni Cataluña, ni los españoles, ni los catalanes existen en la realidad.
Son conceptos, como el prestigio de un whisky, que no podrás encontrar aunque te tomes toda la botella.
Podrás recorrer toda la península ibérica sin constatar nunca una verdadera frontera, salvo las que hay entre una persona y otra, tan dispuestas a dejarlas de lado por mil razones o sinrazones.
¿Que es un “catalán”? ¿El hijo y nieto de catalanes? ¿El magrebí que vende carteras de marca falsa en las Ramblas? ¿O el que se autodenomina catalán porque se le da la gana?
En Argentina, que es un país adelantadísimo en estas cosas de la identidad, el que decide si es varón o mujer es uno mismo. Lo comunica al Estado y ya está. Todos los demás quedan obligados a reconocerlo legalmente bajo pena de recibir un castigo por discriminador.
Podrían entonces aplicar el mismo criterio allá. Así, será catalán el que se considere catalán. Aunque haya llegado nadando por el mediterráneo la semana pasada.
De esta manera, resolverían también ese dilema que ahora les han metido en la cabeza los políticos, sobre si Cataluña forma parte de España o no.
¿Hasta cuándo se podrá hablar de España? ¿Donde reside su nombre? Unos se van -aunque se quedan- porque son catalanes. Otros se irán -quedándose- por vascos y así con todos.
Es un dilema muy hispánico, propio de ese estilo cultural -que en eso comparte del primero al último de los que allí respiran- tan proclive no solamente a decirle a los demás lo que es bueno sino obligarlo a que lo haga.
Es allí donde hubo franquismo, pero no por Franco, sino por ibéricos. Es allí donde hubo Santa Inquisición, pero no por la iglesia Católica, sino por sus hombres.
Disfrutan con que lo que no sea agua, sea vino. Les encanta reconocer las culturas regionales, pero no para amarlas sino para imponerlas a la fuerza.
Han convertido las rutas y autopistas en un galimatías de nombres diversos para la misma ciudad, pero no por respeto sino por falta de respeto.
¿Dónde sino podría haber un órgano fiscalizador y autoritario como la Real Academia Española? El idioma, que en otros lados nace del alma, de la poesía y del ingenio, en España nace de una ley. No se te ocurra decir “computadora”, porque es ilegal. Se llama ordenador, vale.
El doblaje obligatorio de las películas en lengua extranjera es otra muestra de ese autoritarismo, que ejerció Franco y ahora todos los gobiernos democráticos que lo sucedieron, demostrando así que la cosa no iba tanto con la legitimidad de los gobernantes sino con el espíritu general de los gobernados.
¡El tema con Cataluña no existe! Es un invento de los gobernantes que están disputándose sus negocios. Antes era claro porque lo hacían obligando a unos y otros a matarse. Ahora tienen que convencer a los biznietos de esos soldados estúpidos que la cosa se dirime en las urnas. Y, mas estúpidos aún: ¡Que ganarán algo con esto!
Mejor aprender a distinguir cuando nos quieren vender algo.
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