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ORINA CLARA


ORINA CLARA

Hay puntos de vista para todo. El ingeniero Nitzky consideraba haber descubierto un método infalible para juzgar el estado de su salud: el color de la orina mañanera.
            Fué por casualidad. Oyó en un programa de radio que convenía tomar por lo menos dos litros de agua cada día. El consejo era sencillo y bastante económico aunque optara por agua envasada. Lo puso en práctica inmediatamente. En su casa acomodó cerca una botella de agua mineral y aseguró otras en su oficina. Se fue sintiendo muy bien inundándose de a poco. Aprendió a convivir con la persistente sensación de plenitud en su vejiga, que pasó a ser una compañía, como un signo estimulante del bienestar de su organismo.
            Los primeros días le admiró descubrir que el color de su orina había desaparecido: solamente manaba un agüita clara, casi como la que ingería vaso a vaso.
            Con la repetición del fenómeno, sin embargo, fué encontrando más mensajes, diversas nociones nuevas sobre el mundo y un mejor conocimiento de si mismo.
            Un descubrimiento, absolutamente sorprendente, fué la tajante división que existía en la materia entre varones y mujeres. ¡Ellas casi no podían conocer el color de su orina! ¡No la veían fluir y antes de poder divisarla la habían cubierto con papel higiénico!
            Las conclusiones que sugería la gama de matices de la orina podían ser apreciadas plenamente sólo por los varones, que orinan parados y así tienen la oportunidad no sólo de ver el chorro sino de elevar en simultáneo el pensamiento hacia alturas filosóficas y,  en ocasiones, cuando pueden liberarlo en el campo bendiciendo a la madre naturaleza, hermanarlo con los árboles, elevar también la trayectoria, descubrir la aplicación práctica de complicadas formulaciones balísticas  u ondular de aquí para allá con pueriles fines lúdicos. El arte y la filosofía así resultantes quedaban fuera del mundo femenino.
            ¿No explicaría esta característica en manera suficiente la constante ansiedad, ese desasosiego, la permanente insatisfacción que parece una condición evidente en el género femenino? Por más que rebuscara razones no podía atribuir, en efecto, ese malestar mujeril a otro factor. Carecerían de explicación tales propiedades de la mujer si no se basaran en ese permanente desconocimiento, en la ausencia de un registro claro sobre el estado en que su organismo filtra los humores líquidos.
            Un varón, en cambio, podía detectar empíricamente y de inmediato varias cosas: por lo pronto el estado de su propia tendencia a cumplir con los deberes, un juicio preciso sobre su fuerza de voluntad y el estado de su ánimo, reflejados en la ingesta adecuada de agua y la consecuente claridad de las emisiones. La oscuridad del líquido reflejaría así de manera inequívoca, en cambio una postergación claudicante, la procrastinación de los mas elementales deberes, no solamente de salud sino éticos y morales. Esto confería –aseguraba Nitzky completamente convencido de la exactitud de su hallazgo- una superioridad evidente a los hombres y de manera indudable justificaba la habitual bonhomía y confianza en sí mismos de que hacían gala los varones: siempre podían comprobar cómo andaban las cosas simplemente yendo al baño.
            El descubrimiento de que los hombres y las mujeres son diferentes principalmente por esto constituyó sólo la primera etapa, el primer capítulo.
            En algún momento se preguntó si con esa teoría no estaría apartando así, un poco abruptamente, a la mitad del género humano. Para poner a prueba la precisión de su razonamiento abrevó en la filosofía griega antigua y encontró en el pensamiento de esos maestros que sabiamente se habían percatado quizás no del origen pero si de que las mujeres y los hombres eran muy diferentes.  Para los eruditos las mujeres eran tan incomprensibles como las nubes. Quizás por esto se sintieran inclinados al aliviador homosexualismo cuya característica principal es que se puede razonar con la pareja y que ambos pueden compartir el sublime arabesco de mear al unísono.
            De modo que no sintió remordimientos ni fallas en sus primigenios descubrimientos.
            Mas adelante advirtió otras facetas positivas: cuando se sentía estimulado a tomar mucha agua, la orina le preanunciaba éxitos en su trabajo, viejas deudas le eran saldadas en forma imprevista. Las mujeres caían atrapadas por su mirada soñadora, que era provocada por el placer de saberse dueño de unos riñones limpitos y eficientes. Ellas no podían conocer el origen del truco pero Nitzky gozaba el doble teniendo que guardarlo, como un tesoro. El secreto agregaba en él un aire misterioso que terminaba por rendirlas.
            El futuro se ensombrecía si lo hacía su líquido. Los matices ocres preanunciaban épocas de dudas, de postergación en la ingesta de agua junto a la dilación en el trabajo, en el estudio y hasta en la higiene. Negros pensamientos lo llevaron a barruntar cuán sombríos habrían de ser los resultados de la micción de los perezosos, seguro indicador de los pestilentes olores que dejan las meadas de los que deben hacerlo en las calles y lugares públicos. En sus épocas de cumplimiento con la dosis necesaria de agua, Nitzky se hubiera sentido capaz de orinar en cualquier lugar de la ciudad sin dejar aroma alguno.
            Creyó entonces llegada la hora de que el público votante pudiera tener un elemento de primer orden para conocer al candidato. En la conferencia de prensa y debate público que dieron los tres que aspiraban a la intendencia del pueblo exigió a voz en cuello que dijeran cuánta agua tomaban a diario y se ensarzó en una ardua discusión con los periodistas allí presentes, acusándolos de seria deficiencia profesional y acuerdos espurios con el poder porque no los habían indagado al respecto.
            Pobre ingeniero Nitzky. Seguramente fué una psiquiatra de esas que no conoce la gama de su orina y que se conforma con un par de vasos de agua por día la que lo diagnosticó como paranoico obsesivo compulsivo y le recetó esos medicamentos inyectables -que ni siquiera requieren un poco de liquido para ingresar al organismo- la que malinterpretó su pedido de una muestra de orina al candidato.
            Al menos le queda el consuelo ahora de seguir las evoluciones de su tratamiento psiquiátrico en las tonalidades cambiantes de su orina.
            

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