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LA DISTRACCIÓN DE MI ABUELO

     En Resistencia hacía calor. Se encontraba tan presente que casi nadie hacía ya comentarios. Se sentía bajo el sol perpendicular en las veredas, en la semioscuridad de la siesta, en la oscuridad insomne de las noches.
   Por esos años no se conocía el aire acondicionado. Los cines carecían de techo o disponían de inmensas ventanas ciegas en las paredes que se abrían al anochecer para que los espectadores pudieran durar un poco mas sin derretirse del todo.
   Sus habitantes (¿cómo se llamarán? ¿resistentes? ¿resistidos? ¿resistencianos?) resistían el espantoso clima inventando historias sobre su ciudad. El relato ha sido siempre una de las formas de evitar el suicidio por angustia. Tácitamente todos quieren que esa anécdota haya sido cierta si permite darle cierto lustre al inhóspito páramo que les ha tocado habitar y del que no pueden ya huir.
   En esas noches de ansiedad por las nubes que no llegan, por el incómodo caminar de algún coleóptero entre tu camisa y tu espalda, de contemplación de miles de insectos perdiendo la vida contra los faroles de luz, la charla tendía a comenzar con ¿te acordás de...? ¿sabés lo que le pasó a la hija de don...?
   Un tema que dió que hablar durante varios años fué... un perro. Un simple perro de la calle al que llamaron Fernando, que se comportó allá por los años 50 del siglo pasado como todos los perros, pero al que la necesidad de ese pueblo huérfano dotó de algunas anécdotas extraordinarias.
   Uno de los temas de charla fué mi abuelo. No es que fuese alguien demasiado atípico. Pero era distraído. Tenía cierto renombre, era médico, había dirigido el Hospital Regional, daba clases como profesor en dos colegios secundarios. Le encantaba hablar en público con un idioma alambicado, y limpiar los intestinos de chicos y grandes con generosas dosis de aceite de ricino, su medicina favorita. Por estas cosas solía ser mirado por muchas personas y recordado en cuanto retrete funcionara en la ciudad.
   Vestía ropa siempre al final del recorrido. Rotosa, sudada. Con un inmenso cuello no había número de camisa que le cerrara. Traspiraba tanto que tenía que cambiarse frecuentemente. Había inventado (también era un poco inventor) cubrirse totalmente con talco para durar mas tiempo seco.
   No era raro que fuera a dar clases al colegio lleno de ese polvo blanco. O con la camisa que se había querido cambiar colgada de la cintura y cubierta por la nueva.
   Era famoso su ejemplo, trasmitido con vivo entusiasmo frente a los aburridos alumnos o alumnas, de aquella vez que queriendo hacer imaginar a los chicos algo muy pequeño acudiera al ejemplo del huevo de codorniz, para llevarlos después a la comparación con el huevo del elefante. Ese desliz dio motivos para seguir viviendo a unos cuantos adolescentes atribulados.
   Era propietario de un destartalado Ford 1938 cuyo motor calentaba. Todos los días el cacharro necesitaba una nueva carga de agua para el radiador, que con el clima de Resistencia seguramente hervía aún antes de que se pusiera en marcha el motor. La inventiva del abuelo lo llevó a comprar una pava de agua tamaño hospital, que rutinariamente acarreaba a la mañana y que en varias oportunidades quedó encima del capot durante todo el viaje, sin caerse y sin que mi abuelo lo advirtiera. Los chicos del colegio se hacían una fiesta con esto.
   Como personaje del lugar, fué invitado en una oportunidad a colocar una ofrenda floral a los pies del monumento a San Martín, en la plaza principal. 
   La mujer de mi padre lo llevó a alguna de las tiendas (Galver, Blanco y Negro, Casa Beige o alguna de esas) y le compró un traje nuevo para la ocasión. En la plaza estaban todos los alumnos de los colegios, autoridades religiosas, el gobernador, banda militar.
   El abuelo se acercó al monumento con las flores, muy serio, y cuando se agachó para depositarlas se pudo ver la blanca carne de una de sus piernas a través de un inmenso siete que tenía el pantalón, puesto que se había olvidado de ponerse el del traje. La carcajada resistenciana logró postergar una vez mas la decisión de escapar de unos cuantos.
     

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