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COMO HACER UN DEPÓSITO A PLAZO FIJO EN EL STANDARD BANK

COMO HACER UN DEPÓSITO A PLAZO FIJO EN EL STANDARD BANK

            Puede serles útil conocer cómo se puede lograr hacer un depósito a plazo fijo en dólares en el Standard Bank, cuánto tiempo se tarda, y qué interés se va a recibir.

            Aquí va mi experiencia del día 27 de mayo de 2010.

Hora 12 y 30.
            Llego a la casa central, en la esquina de Florida y Diagonal Norte. Me recibe un guardia de seguridad que revisa superficialmente carteras y me indica que me dirija a la Recepción.

Fila/Espera N° 1
            La recepción es un mostrador semicircular. Hay varias personas delante mío pero avanzan rápido. Cinco minutos toma llegar a la empleada a la que le digo que quiero hacer un depósito a plazo fijo. Pregunta si operé alguna vez con el banco. Respondo que sí, que tengo una caja de ahorros. Busca en su pantalla, me encuentra y señalando vagamente con la mano hacia atrás me dice: “Espere en el lateral. Será llamado por su apellido”.

            El “lateral” es una serie de gabinetes pequeños, en varios de los cuales hay empleados atendiendo.

Fila/Espera N° 2
            Puedo sentarme en un silloncito desocupado y espero un buen rato, hasta que de uno de los gabinetes sale un empleado y dice mi apellido.

Hora 12 y 45
            Cupido (es el apellido del empleado) me hace pasar a su box. Pregunta qué quiero hacer. Le digo que un depósito a plazo fijo en dólares, con el dinero de mi caja de ahorros en pesos y otro poco que traigo de efectivo.

            Cupido me mira con aire un poco confundido y dice que él no se ocupa de eso, sino su compañero Guillermo.

            Sale, busca a Guillermo y lo deja conmigo.

            Guillermo me conduce a su gabinete. No se afeitó ni ayer ni hoy y no parece de muy buen humor. Me hace sentar y vuelve a preguntar qué es lo que quiero hacer. Respondo lo mismo. Dice -poco amigable- si estoy enterado que el banco paga un interés del 0,05% por año. Le digo que la intención no es cobrar intereses sino tener el dinero seguro. Pareciera como si le sonara ridículo hacer un depósito, menciona como para si mismo que no se prevén cambios en la cotización del dólar y pone una cara como si yo en lugar de depositar el dinero le estuviera pidiendo que quemara los billetes.

            Tipea bastante en su teclado y de su impresora brota una hoja con varias cifras y mi nombre. Me la muestra y corrobora que todos los datos están correctos.
            -Ahora, con el número que le dieron en Recepción, baje al subsuelo, a las cajas y espere que lo llamarán para terminar el trámite, dice.

            -No me dieron ningún número en Recepción, solamente me indicaron que viniera para aquí, respondo.

            -En recepción dan un número. ¿Ve? Me muestra un costado de la hoja blanca que acaba de imprimir. “Aquí dice 54. Este es el número que le dieron. Busque porque debe tenerlo”.

            Me siento un poco culpable, busco en los bolsillos pero recuerdo perfectamente que nunca tuve un papel con un número en mi mano y casi sin voz le digo que no me dieron número.

            Guillermo se levanta con el aspecto de una maestra de jardín de infantes que tiene que llevar a lavar la cola a un niño cagado, me ordena que lo siga y voy con él a recepción.

            Habla algo que no oigo con su compañera y ésta le dice:

            -No funciona la máquina que da los números, hay que hacer cola.

            -¿Entonces qué hacemos? ¿Le puedo escribir el número en un papel? pregunta Guillermo muy desconcertado y algo humillado por haber perdido la batalla.

            -Si, escribilo, dice su compañera.

            -Guillermo busca un cuadradito rosa de papel, escribe muy prolijamente el número, y me lo da al tiempo que me indica que baje al subsuelo, donde me llamarán por ese número.

            Yo oí que la compañera había dicho que no llamaban por número sino que había que hacer fila pero hago lo que me indica Guillermo.

13 y 5.
            Llego al subsuelo.

Fila/Espera N° 3
            Hay unos asientos con varias personas. También una fila frente a las cajas. Un tablero luminoso indica el número 42. Tomo asiento. Pasan algunos minutos sin que el tablero cambie el número y sospecho que Guillermo nos indicó mal. Me dirijo a un guardia de seguridad barrigón que organiza la fila frente a las cajas.

            -No funciona el tablero. Haga la cola y espere que lo llamen.

            -Pero me dijo el empleado que me llamarían por el número, contesto.

            -Entonces consulte con cualquier cajero, dice.
            Voy hacia una cajera que parece desocupada. Le hago el relato de lo sucedido y me responde:

            -Tiene que hacer la fila.

            -Un compañero suyo me dijo que me llamarían por este número y hasta lo escribió, le digo mostrándole la prueba.

            -No es mi responsabilidad. Tiene que hacer la cola. Pero no se preocupe. Avanza rápido.

Voy hacia la cola. Hay unas ocho personas.

Fila/Espera N° 4
            Es cierto que avanza bastante rápido.

13 y 15
            Estoy ya frente a la cajera. Es la misma con la que tuve el intercambio de palabras. No parece resentida y es muy amable. Entrego la hoja impresa que me diera Guillermo.            Pide el documento de identidad. Le doy uno. Tipea algo en su teclado.

            -Tiene que darme otro documento. Este no sirve, dice.

            Busco y encuentro el documento nacional de identidad. Se lo doy.

            -Ahora deme la tarjeta Banelco, dice la cajera.

            -No tengo, digo.

            -Aca figura que si tiene, dice mirando su pantalla.

            -Pero no la tengo. No la uso desde hace mas de ocho años.

            Mira hacia arriba y grita fuerte:

            -¡Autorización! y queda inmóvil.

            A los dos minutos sin que nada hubiera sucedido, grita nuevamente        -¡Autorización!

            Aparece un empleado con peinado de romántico alemán del siglo XIX, corre a la cajera un poco con el hombro, se apodera de su teclado y tipea varias veces. Desde la impresora que está frente a la cajera comienzan a brotar tickets. La cajera pide que firme y aclare la firma.

            Vuelve a mirar el impreso de Guillermo y como cayendo en la cuenta dice:

            -¿Tiene el efectivo?
            -Si, claro, acá está. Se lo doy y lo cuenta y mete en su cajón.

            -Deme su clave telefónica, dice después de haber encajonado el dinero.

            -¿Que es eso?

            -Tiene que tener una clave telefónica. Si no la sabe tiene que ir a ese mostrador que dice “Atención al Cliente” y pídala. Luego que le den esa clave, vaya hasta un teléfono, cámbiela por otra, luego vaya a una terminal de autoconsulta, pida un saldo y me trae ese saldo impreso.

            -Pero ¿Para qué? Yo sólo quiero hacer un depósito a plazo fijo.

            -Yo no puedo continuar si no hace eso, me dice ya perdiendo un poco la paciencia.

            -Pero Ud. se guardó mi dinero, digo un poco desconfiado.

            -No se preocupe. Haga lo que le indico.

Fila/Espera N° 4
13 y 40
            En el mostrador de “Atención al Cliente” hay varias empleadas pero debo hacer una fila de seis personas. Varios minutos de espera hasta que nos atiende una rubia. Le digo lo que me acuerdo de las indicaciones de la cajera, seguramente en términos no muy precisos.

            -Ah, Ud. quiere una clavola, me dice.

            -Me dijo la cajera una clave telefónica.

            -Una clavola, repite. Pero se ve que me entendió el sentido porque me pide el documento de identidad, desaparece por algunos minutos, vuelve con una fotocopia del documento y un formulario que me hace llenar. A gran velocidad y ahorrando palabras, me explica mas o menos lo mismo que la cajera. Que me dará un número, que tengo que cambiarlo, etc.

            Una vez que firmé todos esos formularios vuelve a desaparecer y reaparece con el número en cuestión. A esta altura, leyendo un prospecto de propaganda del banco que estaba en el mostrador, en el que se veía a un cliente feliz sentado y frente a él una rubia muy cordial sonriéndole, yo me había enterado que la clavola era en realidad la “Clave Telefónica del Servicio Hola”, sólo que la empleada había usado sólo la primera y última sílaba para confundirme o ahorrar tiempo, no se.

            Subo a la planta baja. No veo ningún teléfono. Pregunto a un empleado de seguridad que me dice que lo encontraré tras una columna. Es verdad.
            El teléfono está contectado a una voz automática a la que no le gustan las tres primeras claves que propongo. La cuarta le parece bien y me indica que la operación está finalizada.

            Voy a la terminal de autoconsulta. Pido un saldo de la cuenta. Me lo da. Puedo ver en ese saldo que el dinero que yo tenía en la cuenta ya ha sido debitado.

14 hs.
            Vuelvo al subsuelo. Nuevamente me encuentro frente a la cajera.

            -¿Trajo el saldo?

            -Si, acá está, digo.

            -Necesito su documento de identidad.

            Se lo doy. Grita por tercera vez

            -¡Autorización!

            Viene un empleado, que no es el mismo de la vez anterior. Tipea en el teclado de la cajera con el mismo resultado que el otro: la impresora expele varias tiras.

            La cajera las mira, me las alcanza y pide que firme, aclare la firma y consigne mi número de documento.

            Con esas tiras en la mano grita fuerte

            -”Anulación”. Seguido de otro grito:

            -¡Otra anulación!.

            Calmadamente, como llegando a la cima después de haber escalado bastante, me dice:

            -Ahora va a salir el certificado.

            Se dirige a una impresora de mayor tamaño, situada en un estante detrás de ella y exclama:

            -¡Por favor no impriman!

            Vuelve a su caja, cierra el cajón con llave, desaparece tras una mampara, regresa con unos papeles en la mano, abre nuevamente el cajón, sella esos papeles y me los entrega.

           
14 y 15
            Tengo el certificado de depósito a plazo fijo en la mano. Tardé casi dos horas en hacer el trámite.

            Cuando estoy saliendo del banco veo un enorme televisor LCD en el que están proyectando una propaganda de una fábrica de tanques de guerra sudafricanos. Uno de esos tanques se dispone a pasar por encima a un automóvil, mientras el locutor destaca la potencia de la industria sudafricana. Caigo en la cuenta que el banco es sudafricano y no puedo evitar relacionar ese tanque de guerra con el banco y el automóvil conmigo. Salgo apurado para no ver qué le sucedió al auto debajo del pesado tanque.


           






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